Una Mirada Amorosa (y II) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 02 de Febrero de 2012 20:42

Una mirada amorosa siempre precede al momento en el que una persona se siente aprehendida (capturada) por otra a causa del amor: Y habiendo Jesús fijado en él su mirada, le amó (Mc 10:21), dice el texto evangélico a propósito del joven rico que fue a ver al Maestro. Algo semejante puede decirse de San Pedro, en aquel momento decisivo cuando su hermano Andrés lo presentó a Jesús: Jesús le miró y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas ---que significa ``Piedra'' (Jn 1:42).

 Y es que el amor, como tantas veces hemos dicho, solamente tiene lugar entre personas. Y precisamente es el rostro lo que expresa y refleja fielmente a una persona. Y ya en el rostro, los ojos. Un órgano corporal tan misterioso como que es el único capaz de manifestar con sumo realismo el amor... o el odio. Y por eso es a través de ellos como se conoce con entera seguridad si alguien ama o si quizá odia. Y es desde ellos también, mejor que a través del habla, de donde parte el dardo encendido que captura por amor..., o por donde el disparo amoroso se recibe y penetra en el alma, a fin de convertirla en botín de amor y en trofeo de victoria. Como decía el Apóstol: No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús (Flp 3:12). Desde luego no cabe discusión alguna: las personas caen enamoradas, primera y principalmente, a través de una mirada amorosa.

 El Esposo de El Cantar de los Cantares lo reconoce así (Ca 4:1), a pesar de que la esposa solamente puede contemplarlo a través del velo de la fe. Y por eso dice:

 

¡Qué hermosa eres, amada mía!
Son palomas tus ojos a través de tu velo. 

 

Y lo más extraordinario y maravilloso del caso ---nos encontramos de lleno dentro del misterio del verdadero amor--- es que la mirada de la esposa, la cual ha tenido lugar según el Apóstol, borrosamente y como en un espejo (1 Cor 13:12), pese a todo, ha sido suficiente para capturar y prender al Esposo. Como Él mismo reconoce (Ca 4:9):

 

Prendiste mi corazón, hermana, esposa,
prendiste mi corazón en una de tus miradas. 

 

Un argumento que sería de por sí suficiente para que todos aquéllos que se sienten débiles, pequeños y abandonados del mundo, sepan con certeza que, por encima de todo, son amados de Dios con amor de enamorado.

 Ahora bien, ¿y la esposa...? ¿Cómo puede ella, valiéndose solamente de la fe, contemplar los ojos del Esposo para sentirse así perdidamente enamorada...? Y si embargo, es bien sabido que el Maestro ya había dicho que buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá (Lc 11:9). Y en otro lugar también: El que oye mis mandamientos y los guarda, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a Él (Jn 14:21). Y el cristiano no duda acerca de que la capacidad y potencialidad de la fe es algo tan misterioso como seguro. No es aún la visión del cara a cara, por supuesto; pero más que suficiente para sentirse a través de ella prendido por el Amor. De ahí la trascendencia de que la esposa se esfuerce en buscar al Esposo, en la seguridad de que Él mismo acabará por encontrarla:

 

Lleguéme hasta el collado
donde mana la fuente de agua clara,
y allí aguardé al Amado,
hasta que al fin me hallara
y el brillo de sus ojos me mostrara. 

 

Es un hecho evidente que la relación amorosa, en la que ha lugar el verdadero amor, supone entre los amantes una auténtica comunión de vidas. De otra manera es absolutamente inviable. De ahí que las falsas místicas, pese a ser ocasión de engaño para demasiada gente, no son sino aberraciones histriónicas que tratan de mostrar, como si fueran auténticas virtudes, lo que no son sino monstruosas falsedades y hechuras de Satanás. Y aún lo más inquietante del caso es el extraordinario pulular, dentro del seno de la misma Iglesia, de falsos Movimientos Espirituales que, incluso pretendiendo que actúan invocando a su antojo al Espíritu Santo (como si el Espíritu fuera un instrumento manejable, dispuesto a cumplir funciones de self--service), hacen víctima de su proceder mentiroso a inmensas multitudes. Nunca le había sido tan fácil a Satanás, el auténtico Señor de la Mentira y Príncipe de este Mundo, pasear los atrios de la Santa Iglesia entre tantas aprobaciones y sentidos aplausos.

 Mientras que el humilde amador de Jesucristo, que con verdadera ansia y ardorosamente busca la mirada amorosa de Jesucristo, acaba por encontrarla. Y en tal manera además que, ya a partir de entonces, de tal modo se han adueñado de su corazón los ojos del Maestro, que sin ellos le resulta imposible vivir:

 

Sus ojos me miraron
antes de que en la aurora amaneciera,
y herido me dejaron
de amor, en tal manera,
que sin verlos de nuevo, falleciera.