Una Mirada Amorosa (I) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 26 de Enero de 2012 20:19

 

Ansioso fui a buscarte
al escondido monte donde moras,
para en amor mirarte
entre las zarzamoras,
mientras que el tiempo muere en dulces horas. 

 

En cierta ocasión Jesús llamó bienaventurados a los que habían tenido la dicha de verlo, a diferencia de quienes no pudieron gozar de tamaña alegría: Bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron (Mt 13: 16--17). Y en efecto, porque a nuestros antiguos Padres en la fe solamente les fue posible adivinarlo desde lejos, según lo explica la Carta a los Hebreos: En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido las promesas, sino viéndolas y saludándolas desde lejos, reconociendo que eran peregrinos y forasteros en la tierra (Heb 11:13).

 Y en igual situación nos encontramos nosotros. También como peregrinos en tierra extraña, sin poder contemplar el rostro de Jesucristo. Y aunque es cierto que el Maestro le dijo al apóstol Tomás que asimismo eran bienaventurados los que creyeron sin haberlo visto (Jn 20:29), e igualmente San Pedro alababa a aquellos que creyeron en Él y lo amaron sin haberlo visto (1 Pe 1:8), de todas formas nosotros vivimos de la fe; la cual, según la Carta a los Hebreos es la prueba de las cosas que no se ven (Heb 11:1). Lo que significa que solamente lo conocemos a través de un velo, puesto que solamente percibimos al Señor como en un espejo, borrosamente, aunque entonces veremos cara a cara, según dice San Pablo (1 Cor 13:12). Pero mientras llega ese cara a cara, vivimos desterrados y castigados a vivir de deseos y a alimentarnos de nostalgias, ansiando siempre ver el rostro de Aquél por quien suspira nuestro corazón.

 Sucede que si queremos contemplar el rostro de Jesús, a fin de sentir la amorosa mirada de sus ojos clavada en los nuestros, hemos de buscarlo ardorosamente; haciendo lo que haya que hacer y andando adónde haya que andar ---al escondido monte donde moras--- con la consoladora esperanza de lograrlo. Como aquél joven del que habla el Evangelio que preguntó a Jesús por el modo de alcanzar la vida eterna: Jesús lo miró y lo amó (Mc 10:21). ¿Cómo sería aquella mirada del Señor...? Sin duda que la del Amor mismo, envuelto en la luz radiante de la Belleza:

 

Ni el suave titilar de las estrellas,
ni las cumbres de nieves adornadas,
ni virginales rostros de doncellas,
o el alba en las auroras sonrosadas...
vencieron en belleza a tu mirada
por la luz del amor iluminada. 

 

Algo por lo que han suspirado los cristianos de todos los tiempos que peregrinaban hacia la Patria. Aunque ahora, en el mundo hostil que ha decidido prescindir de Dios y en el cual vivimos los de este tiempo, el dolor por su ausencia y la nostalgia de su Venida se han hecho más intensos. Y es lo cierto que, puestos a mirar lo que contemplan nuestros ojos, midiendo con la vara sencilla del sentido común lo que proclama un Mundo por completo anticristiano, es bastante difícil llegar a comprender la postura de la incredulidad. La Mentira, por ejemplo, sería imposible que existiera de no existir antes la Verdad; y el Mal tampoco podría darse sin la previa presencia del Bien; o la Injusticia en ausencia de la Justicia; ni menos aún la Fealdad si dejamos de concebir la Belleza. Pero la Mentira, la Iniquidad, la Injusticia, la Monstruosidad y la Aberración reinan hoy en el Mundo. ¿Cómo entonces alguien puede atreverse a decir que no existen la Bondad, la Belleza, la Verdad y la Vida...? Pero si existen, como realmente existen, es claro que está vivo y presente Aquél que compendia en grado sumo a todas ellas y del que se ha dicho, con toda verdad, que es el mismo de ayer, de hoy y de siempre (Heb 13:8).

 Pero si la mirada del Esposo ---de Jesús, el Señor--- es tan dulce para la esposa, y dado que en el amor todo es reciprocidad, igualmente hermosa es la mirada de la esposa para el Esposo. Como así lo dice El Cantar de los Cantares:

 

¡Qué hermosa eres, amada mía,
qué hermosa eres!
Tus ojos son palomas!
 
 .........
 
Prendiste mi corazón, hermana, esposa,
prendiste mi corazón en una de tus miradas. 

 

Una de las cosas de la que debieran estar convencidos los cristianos es que Dios los ama. Y no con cualquier amor, sino con amor de enamorado: Habiendo Jesús amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13:1). Y no fue suficiente que les entregara todo, hasta su propio Corazón y su propia Vida, para convencerlos. Triste destino el de tantos cristianos cuya condición de tales jamás les habrá servido para nada. ¿Y cómo podrá la Iglesia enseñar a sus fieles la Alegría en una mísera media hora semanal?, decía Bernanos en su Diario de un Cura Rural. ¿Y qué podrá pasar cuando ya ni siquiera existe la tal miserable media hora?, decimos nosotros. Pero el que no amó, nunca supo lo que es Dios, según dice el Apóstol San Juan (1 Jn 4:8). Ni jamás, por lo tanto, pudo imaginar tampoco la inconmensurable belleza y el insondable fuego de una mirada amorosa:

 

Me pediste te hablara de las cosas
las cuatro para mí las más hermosas.
Pues bien, hélas aquí, mi bien amada,
en escala ascendente elaborada. 
El silencio del bosque en el estío,
el suave borbotar del manso río,
las matinales gotas del rocío...
 
¿La más bella de todas, mi adorada...?
Tu mirada, de amores traspasada. 
Última actualización el Viernes, 27 de Enero de 2012 05:20