| Prólogo para Españoles (y IV) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Jueves, 18 de Febrero de 2010 05:11 |
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Con respecto a las dificultades con que puede tropezar la catequesis a los jóvenes, o la impartida en este caso por los Obispos con motivo de la JMJ, y en conexión además con el problema de la predicación en general, tal vez sea útil traer a colación la exhortación pastoral de un ilustre Prelado de la Jerarquía eclesiástica española; la misma que tuvo lugar no muchos días antes de la redacción de este escrito. Según dijo el Prelado en su discurso, el amor de Dios no espera respuesta. Por supuesto que debe tenerse en cuenta, acerca de las observaciones que expondremos a continuación, que el Pastor no estaba desarrollando una tesis teológica. Además de contar con la lógica de los consabidos lapsus que pueden ocurrir, por otra parte casi imposibles de evitar enteramente en cualquier catequesis oral. Con todo, tampoco es posible dar de lado a la importancia y gravedad del tema al que se hacía alusión. A lo que hay que añadir que la excelencia de la persona del predicador, además de la prestancia de su cargo en este caso, exigen un cuidado especial en la elección de las palabras y en el respeto a la propiedad de los conceptos. Reglas que, al fin y al cabo, siempre han de tenerse en cuenta en cualquier especie de oratoria, sagrada o no sagrada. Una ley fundamental en el concepto del amor exige que, cuando se trata de hablar acerca de su naturaleza, ha de tenerse en cuenta que según las propias exigencias de su esencia, el amor siempre espera respuesta. Puesto que consiste en la entrega mutua y recíproca de dos personas que se aman. En este sentido, puede afirmarse con toda propiedad que no existe el amor unilateral. Incluso en el seno de la Trinidad, el Espíritu Santo —nexus duorum, según los Padres— es la respuesta y entrega amorosas que recíproca y mutuamente se otorgan el Padre y el Hijo. Si Dios no fuera una pluralidad de Personas (aunque uno en Esencia), tampoco sería Amor.
Es posible que alguien haya pensado en considerar, o bien el Amor platónico, o bien el Amor Cortés de los juglares de la Baja Edad Media. Ciertamente, ni en uno ni en otro caso el amante esperaba conseguir a su amada. Sin embargo, la seguridad con respecto a la imposibilidad de conseguirla no anulaba en modo alguno el deseo de lograrla; incluso los juglares del Amor Cortés cantaban sus sentimientos de desesperación por la desgracia que los embargaba. Por lo demás, aparte de todo lo cual, estudios realizados sobre el tema ponen en duda la validez de estas dos formas de amar; por lo menos en lo que se refiere al concepto general del amor auténtico. A este respecto, el Prelado en cuestión habla del amor erótico como una de las formas del amor. Quizá sin tener en cuenta que el erotismo no puede ser calificado como verdadero amor; como no sea considerado dentro del contexto de ideologías puramente paganas. El amor, por su propia naturaleza, supone la entrega de la persona que ama. Cosa imposible de realizarse si no existe la correspondiente recepción por parte de la persona amada. Y como son ambas las que aman, el proceso es mutuo y recíproco. El narcisismo fue considerado como una forma aberrante (falsa) de amor, incluso desde los tiempos del puro paganismo. De todas formas, debemos considerar, como cosa razonablemente segura, que el Prelado se refería a que el amor de Dios es desinteresado. Y en efecto, por cuanto que, siendo Dios el Ser Infinito que nada puede desear ni necesitar fuera de Sí mismo, la expresión sería correcta interpretada en ese sentido. Aunque el problema queda sin resolverse. Puesto que el concepto del amor desinteresado ha sido muy discutido, desde San Agustín hasta nuestros días, pasando por los estudios de Jean Baruzi a propósito de la mística de San Juan de la Cruz, o los del protestante Nygren; quien por cierto también defiende la teoría del amor desinteresado. Sin embargo, en vertiente católica tal idea es prácticamente insostenible. Y volviendo al tema de la predicación en general, nunca se insistirá demasiado en que la proclamación de la Palabra al Pueblo cristiano es cosa demasiado seria, como una de las cargas más pesadas que Dios encomendó a sus ministros: ¡Ay de mí, si no predicara! (1 Cor 9:16). Si se trata de predicar a los jóvenes, la tarea se complica y exige especiales cualidades; en el supuesto caso, claro está, de que exista alguna especie de predicación que no sea complicada. Últimamente hemos visto con asombro como los enemigos de Dios siembran el mal con inmensa audacia, con aguda inteligencia, y agotando todos los recursos. Incluso echando mano de la belleza que encanta, admira y seduce; acompañada, por supuesto, de todos los recursos de las modernas técnicas: ahí está la película Avatar, por ejemplo; a la cual, pese a su tremenda carga de ideología anticristiana, no hay sino reconocerle su maravilloso manejo de la belleza y de la fantasía (también el Diablo se disfraza de ángel de luz). Mientras que, por el contrario, y puesto que la Iglesia parece haber renunciado a lo sublime y lo bello ----tanto en la liturgia como en la predicación—, ahí están las homilías que pueden escucharse cada domingo por doquier: casi todas ellas son un monumento erigido a la inanidad, a la superficialidad y al aburrimiento; o el exponente de una notoria mediocridad y de un profundo vacío. Jesucristo ya lo advirtió: Los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz (Lc 16:8). |
| Última actualización el Sábado, 20 de Febrero de 2010 07:33 |



