La "Nueva Edad" y una vida más fácil (IV) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Miércoles, 10 de Marzo de 2010 14:58

 

LA “NUEVA EDAD” Y UNA VIDA MÁS FÁCIL

(LA ELIMINACIÓN DEL “SACRIFICIO”)

 

 

Según la Religión, el empleo de ritos simplificados y de los lenguajes en uso, tal como fueron introducidos en la nueva liturgia del Sacrificio, tuvieron por finalidad la de hacerlo más inteligible a los Hombres de hoy.

 

Con todo, es fácil darse cuenta de que hablar de entender el Sacrificio y la Muerte del Esposo es algo que equivale, en último término, a entender al Esposo. Mientras que, por el contrario, considerar que es imposible, o tal vez muy difícil, percibir el significado del Acto Sacrificial, supone igualmente pensar que el conocimiento del Esposo es inasequible al entendimiento humano.

 

Y aquí es, justamente, donde la angustia de la esposa hubo llegado a su colmo.

 

Puesto que según lo dicho, y tal como se desprende del sentido obvio de los conceptos y de las palabras empleadas, hacer inteligible el Sacrificio a los Hombres de hoy significa, evidentemente, hacerlo accesible a su mentalidad. Lo que dicho con otras palabras, pero con idéntico significado, equivale a hablar de ponerlo al alcance de su razón. Que viene a ser lo mismo que decir a la medida y según la capacidad de su entendimiento.

 

Ella —la esposa— sabe de los antiguos tiempos en los que los Hombres, encandilados por las doctrinas de la herejía arriana, pretendieron igualmente entender al Esposo. Pero con una particularidad, dado que no otra cosa era de esperar del error en el que habían caído, a saber: entenderlo a la manera humana.

 

Y de ahí el abatimiento y el dolor de la esposa.

 

Porque hoy también, aun en la misma Religión y dentro de sus propios Círculos, se pretende entender al Esposo exclusivamente según la medida —finita y limitada— del entendimiento humano. Para quien tenga ojos y quiera verlo, la que fue vieja herejía arriana conserva su actualidad y se ha convertido en moderna. Nadie podrá negar la realidad de que ahora, incluso en ambientes de los Círculos más influyentes de la Religión, se suele distinguir entre el Esposo, según lo presentan los Libros de sus Crónicas, de una parte; y el Esposo, tal como llegó a ser imaginado por los primeras generaciones de sus seguidores, de otra.

 

De ahí la amargura de la esposa: ¿Tendrá acaso algo que ver la mejor comprensión del Sacrificio, puesto al alcance y más adaptado a la mentalidad de los Hombres de hoy, con la equiparación (o quizá reducción) del Esposo también a la medida de la razón humana? 

Sin embargo no debieran interpretar mal a la esposa quienes la contemplen llorar. Ella ama al Esposo, no tanto por la razón de que sea Dios ni por el hecho de que también sea Hombre, sino simple y sencillamente porque es Él. Pues es de saber que, quien ama, mira siempre y contempla a una Persona. Y la esposa, en efecto, se goza por el carácter divino del Esposo tanto como por su condición humana; pero más aún y sobre todo, ella le tributa su Amor porque es Él, su Esposo. Sabe que, si acaso el Esposo fuera desposeído de su carácter divino, o tal vez de su condición humana, ya no sería Él; puesto que habría dejado de ser la Persona misma de quien ella está enamorada. De ahí que convenga repetirlo: siendo el Amor eminentemente personal (en cuanto a su procedencia y en cuanto a su objeto), el que ama tiende siempre hacia la Persona amada por ser precisamente ella, y no otra. Por eso la esposa no ama al Esposo por la principal razón de que sea Dios, ni tampoco por la transcendental circunstancia de que se haya hecho Hombre; sino que lo ama, simple y sencillamente, porque es Él. Claro que, para ella, si acaso esa Persona objeto de su amor no fuera Dios, o tal vez no fuera Hombre, en modo alguno sería ya el Esposo por quien suspira su corazón.

 

Además de eso, para la esposa, el Esposo es maravilloso. Lo dice así, con esa palabra, por la sencilla razón de que, aun siendo consciente de la total insuficiencia del vocablo, no encuentra otro que cante mejor sus sentimientos. ¿Con qué palabras podrían ser descritas la Belleza y la Bondad de una Humanidad en la que se trasluce la Divinidad?  ¿O la de una Divinidad que se transparenta —hasta donde es posible— a través del encanto y la seducción de una Humanidad?  ¿Cómo pensar que el lenguaje humano puede reflejar la figura de un Dios que, a su vez, es contemplado como verdadero Hombre?  ¿Cómo delinear los rasgos de un Hombre en el que se percibe la Maravilla Inefable de la Divinidad?  De esta manera, la esposa podría estar hablando, una y otra vez, de Belleza, de Bondad, de Ternura, de Afecto y Amor, de Intimidad y de Entrega Amorosas, de Integridad, de Pureza, de Verdad, de Gracia, de Honradez, de Valentía, de Luz, de Alegría…, y de todo aquello que pudiera manifestar, de la manera que fuere, la Belleza y la Bondad juntas en grado de Infinitud. Pero para acabar reconociendo, a fin de cuentas, que andaba demasiado lejos de expresar lo que ella percibe en el Esposo.

 

¿Será posible que se haya llegado a pensar que se podría describir al Esposo mediante la mera razón humana, de tal manera que todos fueran capaces de entenderlo?  ¿Tan grande ha llegado el Hombre a creerse, y de tan ridícula pequeñez ha llegado a imaginar al Esposo?  Ciertamente lo que parecía increíble, ha llegado a suceder: que alguien haya aceptado la posibilidad de reducir y minimizar al Esposo…, hasta poder captarlo y aprehenderlo a través de la capacidad de una creatura tan infeliz como es el Hombre. ¿Cómo ha sido posible imaginar que se podría explicar de modo mejor y más inteligible, sin reclamar la ayuda de otros medios, lo que significa que tal Persona asumiera libremente, por Amor a los Hombres, su Muerte en la Cruz? 

 

Esa es la razón por la que la enamorada esposa se siente incapaz de describir al Esposo cuando le preguntan por Él. De ahí que acuda, en medio de ansias de infinitud del corazón humano, a los últimos recursos de que dispone: a la metáfora, y a toda la abundancia de tropos de los que echa mano la Poesía. Queriendo de esa manera decirlo todo…, y sabiendo que no puede expresar apenas nada: 

 

¿Y en qué se distingue tu amado,

oh la más hermosa de las mujeres?

 

Mi amado es fresco y colorado,

se distingue entre millares.

Su cabeza es oro puro,

sus rizos son racimos de dátiles,

negros como el cuervo.

Sus ojos son palomas

posadas al borde de las aguas…[1]



[1]Ca 5: 9–12.

Última actualización el Miércoles, 10 de Marzo de 2010 15:01