| La Iglesia del Miedo (y IV) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Viernes, 07 de Mayo de 2010 17:14 |
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Los hombres no terminarán nunca de convencerse de algo demasiado obvio: que nadie se ríe de Dios impunemente. La doctrina de la paternidad responsable, introducida en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II, se convirtió en práctica generalizada…, hasta que acabó en lo que era de esperar: un descomunal y rotundo fracaso. Se expendía para los buenos católicos deseosos de salvaguardar sus conciencias (los demás nunca se preocuparon del problema), bajo la etiqueta tranquilizadora de utilizar solamente métodos naturales para la regulación de la natalidad, atendiendo a los ciclos de fertilidad en la mujer. Como todo el mundo sabe, la Madre Naturaleza (que no debe ser confundida con la nueva deidad descubierta por Evo Morales) no es muy adicta a que la encasillen según normativas demasiado estrictas, de tal manera que más bien prefiere obrar por su cuenta. Con los resultados que eran de esperar.
De todas formas, quedaba definitivamente arruinada la fidelidad a las enseñanzas evangélicas. Las mismas que durante muchos siglos habían conducido la vida de tantos cristianos de buena voluntad. De las que podríamos especificar, por ejemplo, la de que el Matrimonio cristiano es un glorioso Sacramento cuyo principal fin consiste en la procreación y la educación de los hijos. A lo que cabría añadir: el sentido del Sacrificio y el Amor a la Cruz, que inducen a calificar las dificultades de la crianza de los hijos en el sentido de una labor tan heroica como gloriosa. La consideración de los hijos como una bendición de Dios, y no como una carga que hay que soportar. La confianza en la Paternidad de Dios, cuya Providencia proporcionará siempre, junto con los hijos, los medios necesarios para sacarlos adelante. El convencimiento de que los niños se educan mejor en el seno de una familia numerosa. El mutuo amor de los dos esposos y su espíritu de generosidad, junto a la seguridad de que son colaboradores de Dios en la tarea de proporcionarle a Él nuevos hijos suyos. Etc. Pero llegó también para la Iglesia la ola secularizadora. Los Nuevos Tiempos y su cortejo de Novedades: la Nueva Edad, la Primavera de la Iglesia, el Nuevo Pentecostés y —ya más disimulado y disfrazado, pero abarcándolo todo— el Neomodernismo. Junto a tanto aggiornamiento, quedaron definitivamente archivados para los católicos la fidelidad a la Cruz, el espíritu de Sacrificio, la Confianza en Dios y, en definitiva, el Amor a Jesucristo. Habían penetrado en la Iglesia el afán por la comodidad, el deseo del bienestar y de las cosas de este mundo…, y el Miedo a todo lo que significara sacrificio y esfuerzo. Pero como la Naturaleza tiene su lógica —será veleidosa, pero tiene su lógica—, y lo mismo puede decirse de la naturaleza humana, una vez comprobado el fracaso de los métodos naturales y abierta la puerta al hedonismo (ansia de placer), había que asegurar este último. Aparecieron los anticonceptivos farmacéuticos —los otros estaban ya inventados desde hacía mucho tiempo; a falta solamente de activarlos—, y se generalizó el uso de los dispositivos pertinentes. Mientras los teólogos estudiaban la posible licitud o ilicitud de la famosísima píldora —alrededor de cinco años hasta que por fin se publicó la Encíclica Humanae Vitae—, su utilización se hizo universal. Para abreviar la historia, bastará con decir aquí que el procedimiento de regular (en realidad impedir) el nacimiento de hijos no deseados se hizo tan popular como cualquier actividad humana de las más ordinarias. Pronto dejó de tener relevancia para los católicos el Magisterio de la Iglesia; y en cuanto a la Moral tradicional y de siempre, incluso gran número de sacerdotes dejó de exigirla en los confesonarios. Siendo, en la actualidad, la práctica común la de aconsejar el uso de anticonceptivos. Pero ya hemos dicho que la Naturaleza tiene su lógica, y de ahí que las cosas siguieran indefectiblemente su curso. Generalizada la idea de deshacerse de los hijos no deseados, paganizada hasta la médula la antigua Sociedad de los Hombres en otro tiempo cristiana, entronizado por todas partes el hedonismo…, pronto apareció el Aborto. El que actualmente se practica, no solamente como cosa normal y corriente, sino que ha sido reconocido por la Ley de los Hombres y saludado como un triunfo del Progreso. A partir de ahora, millones de madres (además del padre) convertidos en parricidas; lo que quiere decir asesinos de sus propios hijos, con una lacra de maldición en la propia alma… que pasará hasta la Eternidad, donde habrá de rendir cuentas. A continuación llegaron el descenso alarmante de la natalidad, la decadencia de Europa y América, el hecho cierto de la Civilización Occidental en peligro y a punto de desaparecer, para ser pronto suplantada por otras Civilizaciones no cristianas. Y sobre todo, el horror de un Mundo sin niños. La debacle empezó por unas inocentes teorías que intentaban hacer más fácil y aceptable la Existencia Cristiana. En definitiva, porque hubo muchos que se empeñaron en creer que la senda ancha (la que según Cristo conduce a la perdición), una vez convertida en autovía y debidamente señalizada, igualmente conduciría también al Cielo. Y todo porque los hombres se han empeñado en vivir conforme a la inventiva de sus propios disparates. |
| Última actualización el Viernes, 07 de Mayo de 2010 17:30 |



