La Iglesia del Miedo (III) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Miércoles, 05 de Mayo de 2010 01:28

El método de regulación natural de la natalidad basado en la abstención durante los días fértiles de la mujer, fue efectivamente saludado como un gran hallazgo y como la solución para los padres católicos. En realidad era un método, como ocurre con estas cosas, para los padres católicos…, pero mezquinos; más bien olvidados de la doctrina de la Providencia y de la idea de la generosidad, que son las que inducen a confiar en Dios según las enseñanzas del Evangelio.

Pareció que todo iba a resultar bien…, aunque el planteamiento del problema había olvidado un detalle fundamental. Cual es el de que los preceptos de la Moral cristiana, como aplicación que son de los principios evangélicos, no han sido dictados con vistas a la vida práctica. Sobre todo si por vida práctica se entiende una vida cómoda, confortable y sin problemas. El Evangelio es un Manual de lucha (Mt 10:16; Jn 16:33; 2 Tim 3:12), y sus métodos de comportamiento no pueden dejar de tener en cuenta la famosa senda estrecha y angosta, seguida en realidad por pocos (Mt 7:14). Los intentos para conciliar la autenticidad de la existencia evangélica con una vida fácil, jamás han tenido éxito.   

Debido a lo cual, y a la circunstancia de que la Naturaleza no parece partidaria de ser burlada, el método de regulación natural etc., acabó en fracaso. Ciertamente no se puede afirmar que el método como tal fuera pecaminoso. El mismo Apóstol San Pablo recomendaba la abstención durante un tiempo si existía acuerdo entre los cónyuges. Aunque el problema, aparentemente sencillo, se complica si se tiene en cuenta que el Apóstol entendía que dicha decisión conjunta se tomaba para dedicarse a la oración (1 Cor 7:5); con lo que venía a excluir de hecho cualquier intención de tipo práctico. Por otra parte, como ya se ha dicho, si bien el método de regulación natural etc. no se puede afirmar en absoluto que sea contrario a la Ley Natural, ni por lo tanto pecaminoso, no se puede decir lo mismo (algo que no se acostumbraba a tener en cuenta) respecto al hecho de dar de lado a los principios evangélicos; y concretamente al fundamental de la confianza en la Providencia Divina (Mt 6: 25–32; 7: 7–11; Lc 12: 27–30).

Al método de la regulación natural de la fertilidad siguieron otros, más o menos en la misma línea y todos ellos con resultado igualmente inseguro.

Todo lo cual tuvo su origen en la idea inicial, también considerada al principio como hallazgo formidable, de la paternidad responsable. Según la cual, como se desprende claramente de la Teología que ha adquirido Carta de naturaleza en la Iglesia, la determinación del número de hijos corresponde exclusivamente a los esposos. Las ideas de la generosidad y de la confianza en la Providencia pasaban a un segundo o tercer plano, a fin de dar paso a las del cálculo y la consideración del bienestar.  

Tanto el concepto y la terminología, como la ideología de la paternidad responsable, estaban encaminados a adoctrinar a los padres temerosos (y a los no temerosos) ante el posible aumento de su prole. Pretendían animarlos a considerar si disponían de lo necesario para las obligaciones que se iban a derivar: crianza y mantenimiento de los hijos, educación, etc.; sin otra intención que la de inducirlos a practicar la abstención en caso contrario. Y ya se puede suponer que el caso contrario se daba siempre, pues no de otra forma se suelen comportar los seres humanos. El invento surgió además en la época de la fiebre por la justicia social, en la que los problemas del bienestar económico parecieron adquirir lugar de prioridad entre los teólogos, moralistas y pastoralistas católicos. En definitiva, lo mismo de siempre: el bienestar material frente a los principios evangélicos de generosidad y de confianza en la Providencia.

Un viejo refrán español decía que Dios castiga, aunque no suele hacerlo precisamente a base de propinar golpes. Como no podía suceder de otra manera, el resultado final no fue tampoco halagador. La paternidad responsable se convirtió enseguida en comportamiento irresponsable. Algo no muy difícil de comprender, puesto que es bien sabido que, una vez abierto un aliviadero para que discurran las aguas, no es raro que acaben irrumpiendo en amplio desbordamiento. Al fin y al cabo, no siempre se puede esperar demasiado de la naturaleza humana. La verdad es que el hallazgo adolecía de los mismo defectos del anterior: desconocía la confianza en la Providencia, olvidaba el contexto de las enseñanzas evangélicas y, como siempre ocurre cuando se pone un paño nuevo en una tela vieja (Mt 9:16), al final solamente quedó la rotura. Hoy apenas se acuerda nadie de la paternidad responsable, una vez que se ha generalizado el uso de los anticonceptivos. Consecuencia lógica a la que había que llegar; aunque no la única, ni la más grave.