La Gran Tentación (I) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 07 de Julio de 2011 06:57

Esta nueva serie de Editoriales, que hoy comenzamos, podría haber tenido un título quizá más sugerente ---para su comienzo al menos---. Algo así como 

Historias Asombrosas

Hace ya algunos años, el productor--director norteamericano Spielberg produjo una serie televisiva de relativo éxito bajo el título de Historias Asombrosas (``Amazing Stories''). Las tales Historias, en realidad algo escasas de imaginación, más bien que de asombrosas tendrían que haber sido calificadas como inverosímiles y hasta imposibles de creer. Claramente se veía que no podían ser reales. Lo peor del caso consistía en que si no era posible creerlas bajo ningún concepto, automáticamente dejaban de ser asombrosas. ¿Por qué iba alguien a asombrarse de lo que se sabe que no es sino pura ficción y mero producto de la imaginación? Es evidente que para que algo sea verdaderamente asombroso ha de ser, ante todo, real; y después de eso, extraordinario, poco corriente o nunca visto antes, inusual, difícil de explicar o de equiparar a lo ordinario o común, susceptible de causar admiración y fascinación, etc. Sucede, sin embargo, que estas cualidades de lo que es realmente asombroso tienden a diluirse: por la sencilla razón de que la gente no suele creer lo que es de verdad asombroso.

Podemos admitir, seguramente en contra de la opinión general, que las historias verdaderamente asombrosas son siempre reales. Por la razón de que la realidad supera en mucho a la imaginación humana. La cual, cuando quiere caminar por las sendas de lo fascinante o portentoso, se ve obligada a recurrir a lo irreal y a lo falso. Un lamentable error, puesto que basta con mirar con atención al mundo de lo real, para obtener consecuencias y resultados realmente asombrosos. Pero el común de los humanos, por lo general, se considera satisfecho con ver el mar por encima, sin considerar para nada el agua que hay debajo de la superficie.

Lo más penoso de este asunto es que las historias verdaderamente asombrosas (precisamente porque son reales) no suelen ser creídas por casi nadie. Bien porque no se ha aprendido nunca a ver el mundo y la realidad en profundidad, o bien porque no se está dispuesto a aceptar conclusiones que, por más que sean verdaderas, pueden contradecir a una existencia humana sin deseos de enfrentarse consigo misma. La verdad completa (Jn 16:13) suele ser privilegio de pocos. Y en cuanto al mundo, no solamente no conoce al Espíritu de la Verdad, sino que tampoco está dispuesto a recibirlo (Jn 14:17). No es infrecuente la actitud humana según la cual, a mayor abundancia de verdad, menor es la disposición a recibirla: La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron (Jn 1:5).

Con lo que ya se puede adelantar que la historia, o las historias, que se van a contar aquí no van a ser creídas prácticamente por nadie. ¿Tiene sentido entonces insistir en ellas? Francamente, es difícil saberlo. De todos modos quizá valga la pena intentarlo, aunque es imposible adivinar las consecuencias prácticas que puedan derivarse de la empresa. Jesucristo hablaba a veces con plena conciencia de la ineficacia de su discurso, y hasta sabiendo que solamente iba a ser causa de perdición para muchos: Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora no tienen excusa de su pecado (Jn 15:22). Sin embargo, dado lo que ahora es la naturaleza humana, y conforme a lo que viene sucediendo en la Historia de la Salvación, parece que también son necesarias las voces que claman en el desierto.

Lo que se va a decir aquí es verdaderamente increíble y, por supuesto, asombroso. Lo cual quiere decir que es absolutamente real, aunque nadie o casi nadie lo querrá admitir. Algo explicable hasta cierto punto, porque afecta a muchos intereses en juego y porque también es susceptible de remover profundos y delicados sentimientos humanos.

Última actualización el Jueves, 07 de Julio de 2011 07:01