La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (VII) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 03 de Junio de 2010 09:59

El Mundo desconoce por completo lo que es la alegría cristiana. Pero es que, además, incluso ignora su existencia.

Su incapacidad para conocerla es tanto de hecho como de derecho, según ponen de manifiesto las palabras terminantes de Jesucristo. Yo rogaré al Padre y os enviará otro Paráclito para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de Verdad, al que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce… (Jn 14: 16–17). De manera que, por lo que se refiere al Espíritu, el Mundo ni lo ve ni lo conoce; o tal como se diría en el lenguaje corriente: no solamente no tiene noticia de Él por percepción visual o directa, pero ni siquiera de oídas. San Pablo, por su parte, no es menos categórico: El hombre animal no capta las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura. Y no las puede entender, porque sólo pueden ser juzgadas espiritualmente (1 Cor 2:14). Y si se tiene en cuenta que el Amor es el fruto y el resultado de la presencia del Espíritu (Ro 5:5), es fácil llegar a la conclusión de que, según los textos, el Mundo no tiene acceso alguno a la Alegría, en cuanto que ella no es otra cosa que el sentimiento que produce el Amor, como su consecuencia más directa (Ga 5:22).

La moderna Pastoral Católica, demasiado preocupada por insistir acerca de la inserción del cristianismo en el Mundo —y un tanto asustada por las acusaciones de alienación que acostumbraban a formular los filósofos marxistas—, se ha mostrado reticente a la hora de poner de manifiesto la tajante separación que, tal como establecen los textos, existe entre el cristiano y el Mundo. A este respecto, cualquiera podría creer que el Concilio Vaticano II llevó a cabo extraordinarios esfuerzos para demostrar precisamente lo contrario.

Esa Pastoral no ha sabido encontrar el perfecto balance, o sereno equilibrio —por otra parte, claramente expresado en el Discurso de Despedida—, entre el hecho de que los discípulos están en el mundo, y la realidad no menos cierta de que no son del mundo (Jn 17: 11.14). Las palabras del Señor son tan contundentes como magistrales: Los cristianos están en el Mundo, pero no son del Mundo.

Según tales enseñanzas, no cabe duda de que, ante el significado fuerte del verbo ser, el del verbo estar adquiere, en cambio, un sentido meramente circunstancial; lo que obliga, en pura lógica, a poner el acento en el hecho de que los discípulos no pertenecen al Mundo y más bien residen en él como de paso. Una doctrina que, a pesar de estar claramente expresada en los textos (Heb 13:14), suscita hoy en la Teología Progresista, no ya meramente remilgos y escrúpulos, sino el escándalo y el rechazo más categóricos. -

De hecho han sido muchos los que han confundido cosas, como la famosa reconciliación entre la Fe y la Ciencia —dos elementos que no necesitaban hacer las paces porque jamás estuvieron reñidos entre sí, salvo para algunos ingenuos y muchos maliciosos—, con la del cristiano y el Mundo. Una buena parte de la Pastoral desarrollada a partir del Concilio Vaticano II pretendía cándidamente tal conciliación, sin vacilar siquiera en implorar al Mundo y pedir perdón. Una actitud en la que no se sabe qué admirar más: si la enorme ignorancia o la pequeñez de un espíritu reducido casi a la nada.  A modo de paréntesis: El fenómeno de pedir perdón, por hechos o delitos que pertenecen al ámbito de la Historia pasada —y bien pasada—, la mayoría de ellos imaginarios o producto de una época que nada tiene que ver con el momento actual, es uno de los síntomas que denotan la descomposición que está padeciendo el Catolicismo de hoy. Aparte del arrodillamiento ante el Mundo del que hablaba el filósofo francés Maritain, son el exponente claro de un tremendo complejo de inferioridad; además de suponer también el olvido de los propios principios y de la pérdida de la Fe, de constituir un insulto proferido contra los demás católicos y, en último término, la demostración de una profunda cobardía.  Los resultados de esa pretendida conciliación fueron nulos, como era de esperar. Y no han conseguido sino confirmar el estado de permanente enemistad ya anunciado por el Señor: Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos (Mt 10:16); si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros (Jn 15:18); en el mundo padeceréis tribulación; pero tened confianza: yo he vencido al mundo (Jn 16:33). Y si se han dado pasos, más bien han sido los de los cristianos, dejándose absorber por el mundo, y no al revés; tal como ya había predicho el filósofo marxista Gramsci en sus instrucciones para infiltrar el marxismo en todos los órdenes de la sociedad.

Lo más grave, sin embargo, no es el hecho de que el Mundo desconozca la Alegría. Lo más grave —y aun lo alarmante— es que el Catolicismo la haya olvidado prácticamente.

Una de las pruebas de que las cosas van por ese camino —entre las innumerables que se podrían aportar—, es lo que sucede en la Liturgia, y especialmente en la de algunas Comunidades que hoy pululan y gozan de fuerza en el ámbito católico. En las que el culto sagrado que antaño se ofrecía a Dios, es ahora sustituido por ritos y ceremonias que solamente fomentan y halagan sentimientos puramente humanos; en realidad, porque se confía más en el culto al hombre, después de todo tangible y definidor de sí mismo, que en el que habría de tributarse a un Dios evanescente…, del que muchos aseguran que no saben por dónde anda. La introducción en la Liturgia de la música pop y de los bailes populares, por ejemplo, es la demostración patente de que la alegría cristiana (de fundamento y origen sobrenaturales) ha cedido el paso al jolgorio, a la algazara y al bullicio que dan de sí los sentimientos puramente naturales; alboroto y bullanga que pueden ser cualquier cosa…, menos el gozo que asienta en el corazón uno de los frutos más preciados del Espíritu Santo. Gozo que, a su vez, es emulación y adelanto de la Alegría Perfecta; pero que es imposible de ser expresado por medio de los conceptos y de las palabras utilizados por los hombres.

Última actualización el Jueves, 03 de Junio de 2010 10:06