La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (y VIII) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Miércoles, 09 de Junio de 2010 03:46

Según Bernanos, lo contrario de un Pueblo triste es un Pueblo de Cristianos. Pero formulada al revés, la sentencia vale exactamente lo mismo: lo contrario de un Pueblo de Cristianos es un Pueblo triste.

Y eso es justamente lo que está viviendo nuestro actual Catolicismo: debatiéndose en la Suma Tristeza, consecuencia a su vez del Gran Vacío que lo ahoga y lo invade por todas partes. Y una de las mayores desgracias que puede sufrir una Comunidad, como uno más de esos castigos que Dios envía y que nunca consisten en golpes (Dios castiga y no con palos), es que ni siquiera se entera de la miserable situación en la que se encuentra: como un cáncer ya muy avanzado, acerca del cual el paciente vive indiferente y sin enterarse, debido a que la mortal enfermedad aún no ha dado la cara; aunque cuando al fin lo haga, ordinariamente ya será demasiado tarde.

Los inteligentes de turno se preguntarán qué es lo que tiene que ver el odio con la tristeza. A primera vista, parecería que nada. Sin embargo, el Infierno es puro odio; a pesar de que los inteligentes tampoco acostumbren a creer en él, incidiendo así en el error más efímero que se conoce, dada la brevedad de la vida humana. Ahora bien, ¿de verdad creen ustedes que hay en ese lugar mucha alegría? 

Jesucristo prometió a sus discípulos su propia Alegría, junto con la promesa de que nadie sería capaz de quitársela (Jn 16:22). Pero nada dijo acerca de la posibilidad de que los discípulos estuvieran dispuestos a renunciar a ella voluntariamente. Y nadie —absolutamente nadie— puede ser retenido en la Alegría contra su voluntad; puesto que, al fin y al cabo, el Gozo es fruto del Amor; y éste, a su vez, es esencialmente Libertad: Donde está el Espíritu del Señor, allí está la liberad (2 Cor 3:17).

España, por ejemplo, es un País que está asistiendo a su completa demolición —material, política, social y, sobre todo, espiritual—. Y todo ello en medio de la más absoluta complacencia (y no mera indiferencia) de todos sus ciudadanos y de los cristianos que en ella viven. Claro que con ello —dirán algunos—, estos últimos no hacen sino secundar el misterioso silencio de la Jerarquía Eclesíastica; acerca de lo cual no hay sino darles la razón.

De esta manera se ha hecho posible que lo que en otro tiempo fuera una Gran Nación y un Gran Imperio haya dejado de existir. La demolición de los imponentes Monumentos del Valle de los Caídos, por poner un ejemplo actual y muy a la mano, ante la absoluta indiferencia del Pueblo y el silencio del Episcopado, no es sino el símbolo de la aniquilación y el desarraigo de los valores cristianos en un País que antaño fue católico y baluarte del Cristianismo.

Claro que el miedo, la rendición ante el chantaje y la mentira, el abandono de la Fe y la renuncia a la propia dignidad, nunca se reconocen como tales. La Mentira, por ejemplo, nunca se presenta como tal mentira, sino disfrazada de Verdad. Y en cuanto a la ignominia, experta en histrionismo, siempre se muestra bajo la máscara de la honradez.

Por eso el actual Catolicismo de este País sigue ocupado en promover el ruido, las mascaradas, las vistosas paradas, los aplausos a los líderes y las Farsas de todo género. Al fin y al cabo es necesario que muchos sigan creyendo en lo que no existe. Como las ciudades del Oeste que vemos en el Cine: en las que siempre aparecen el acostumbrado saloon, varios hoteles, la oficina del Sheriff, la correspondiente cárcel de turno, la herrería y alguna que otra barbería o clínica dental. Pero tras cuyas bambalinas —puro cartón, sostenido por detrás con unos maderos— no hay absolutamente nada.

Algo parecido a lo que sucede con el actual Catolicismo: espectaculares Encuentros de Juventud, Declaraciones Grandiosas, publicitados Diálogos Ecuménicos, fervorosos entusiasmos hacia los ídolos y líderes del momento…, y todo para ocultar que la Iglesia como Institución ha muerto. No la Iglesia fundada por Jesucristo, claro está; contra la cual, según la promesa de su Fundador, nada podrán las puertas del Infierno. Sino la que anda por ahí planteando incógnitas. Como, por ejemplo, cuál es el criterio que suele seguirse para nombrar a Pastores con sentido de la responsabilidad; cuándo se van a abordar los verdaderos problemas que aquejan al Pueblo cristiano; qué se piensa hacer para librar a las ovejas del peligro del Lobo y señalarles el camino; etc.

- Mientras tanto, como hemos dicho arriba, la verdadera Iglesia seguirá su marcha hacia la Casa del Padre. Será la Iglesia de los pobres (no en el sentido marxista), la de los despreciados y olvidados por el Mundo, la de los tachados como malditos por el delito de ser fieles al Evangelio… ¿Y para qué seguir? 

Una Iglesia, además, en la que siempre habrá algún niño que, como el del famoso cuento, gritará para decir que digan lo que digan, pero el rey va desnudo y no lleva ninguna túnica. Sí, efectivamente, pues ya se dijo en algún lugar que de la boca de los niños oiréis las verdades.

En definitiva, la Alegría nunca podrá ser eliminada del corazón de los verdaderos discípulos. Al fin y al cabo es su gigantesco secreto, según decía Chesterton, y de ahí que el Mundo esté condenado a no conocerla nunca. Por supuesto que, para ello, los discípulos de Jesucristo habrán de seguir el Camino de su Maestro; el cual no es otro que el de la Cruz. Pero, en definitiva, es el único que conduce a la Victoria. Y con ella al Amor a Jesucristo, exclusiva fuente de la única y verdadera Alegría.