La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (VI) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Lunes, 31 de Mayo de 2010 01:45

Decía el escritor francés León Bloy que la única verdadera tristeza es la de no ser santo.

La alegría cristiana es una sublime realidad que cuenta entre sus características la de que sólo puede ser alcanzada por vía indirecta. Pues además de resultar imposible de conseguir por quien se propone buscarla, ni siquiera es lícito pedirla o desearla directamente. Y por eso suele decirse, con razón, que la Alegría no es para quienes la buscan, sino para quienes la encuentran.

Una vez aclarado este punto, conviene saber que es Jesucristo mismo quien aconseja a sus discípulos que la procuren indirectamente. El precepto, a primera vista sencillo, es bastante profundo: Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa (Jn 16:24). Adviértase, no obstante, que no se trata de pedir la alegría completa, como bien puede verse, sino sencillamente de pedir; para que así, mediante el procedimiento de pedir para luego recibir, se alcance tal alegría.

Con lo que ya puede darse paso a una serie de preguntas que parecen bastante interesantes. Una vez establecido, según las palabras mismas del Señor, que la Alegría es la consecuencia inmediata al hecho de recibir, ¿cuál es exactamente en este punto el objeto de la petición?  O dicho de otra forma: ¿Qué es lo que el discípulo debe pedir?  Siendo la Alegría, tal como venimos diciendo repetidamente, la consecuencia más inmediata del Amor, ¿cómo se entiende aquí el hecho de pedir, cuando el verdadero enamorado sólo piensa en dar o en entregar?  No hay que olvidar que hay más alegría en dar que en recibir (Hech 20:35), según una expresión que procede del mismo Jesucristo.

Sin embargo el precepto mencionado está ahí, claro y preciso: Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Y, en cuanto a la respuesta al problema, la da una vez más y como siempre la misma Sagrada Escritura. En efecto, la esposa de El Cantar de los Cantares pide algo también (Ca 1:4), y muy significativo, que tal vez ella considera indispensable para conseguir el regocijo del gozo perfecto:

 

Llévanos tras de ti, corramos.

Introdúcenos, rey, en tus cámaras,

y nos gozaremos y regocijaremos contigo,

y cantaremos tus amores,

más suaves que el vino…

 

El texto, como puede verse, es suficiente de por sí para conducir a la clave del problema. Aunque la solución definitiva la da el mismo Señor cuando, hablando precisamente de la oración, dice a sus discípulos: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abre. Pues, ¿qué padre habrá entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de eso le dé una serpiente?  O si le pide un huevo, ¿le dé un escorpión?  Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?  (Lc 11: 9–13). De manera que, según eso, el objeto de la petición, o aquello que se trata de alcanzar, es precisamente el Espíritu Santo. O, si se quiere expresar de otra manera, el Amor de Dios. Lo que equivale a decir, sencillamente el Todo; y con el Todo que es el Amor, la Alegría Perfecta.

Exactamente lo mismo que desea la esposa del Cantar; puesto que ella no busca otra cosa que la intimidad de amor con el Esposo —Introdúcenos, rey, en tus cámaras—, a fin de procurarse así la Alegría Perfecta que anhela y que únicamente puede otorgarle el Amor —Y nos gozaremos y regocijaremos contigo—. Con lo que todo queda claro: se trata de pedir y desear el Amor, y no tanto la Alegría Perfecta; pues ella ya vendrá por su propia cuenta, como el fruto más inmediato del Amor (Mt 6:33; Ga 5:22).

Es interesante advertir que, bajo esta perspectiva, que además es la única correcta, las otras cosas distintas del Amor adquieren un relieve secundario comparadas con él. Por supuesto que el discípulo puede desear y pedir cosas buenas (Lc 11:13); aunque, como fácilmente se desprende de la misma estructura de la narración evangélica, siempre se trata de algo que bien puede ser considerado al soslayo: el que posee el Amor, porque está con el Esposo, posee en Él todas las demás cosas. La dialéctica de Dios o las cosas, presentada a modo de elección, no es sino una de las falsedades de las que se vale el Demonio para engañar a los incautos. El verdadero planteamiento es el de Dios y las cosas o la Nada. Por eso decía San Juan de la Cruz que por la Nada al Todo (Mt 10:39).

Pero entiéndase bien, sin embargo: No es que las cosas no tengan importancia; y nadie mejor que el discípulo enamorado reconoce su transcendencia, aunque sólo fuera porque a él le sirven como ofrenda para el Esposo, en prueba y afirmación de su amor. Y todo lo que es objeto de donación de amor es importante en la medida en que sirve, no solamente como prueba y manifestación del mismo amor, sino también como la única posibilidad de llevarlo a cabo; en cuanto que sin entrega no hay amor.

Por eso dice con gran entusiasmo la enamorada esposa del Cantar (Ca 7: 12–14):

 

Ven, amado mío, vámonos al campo;

haremos noche en las aldeas.

Madrugaremos para ir a las viñas,

veremos si brota ya la vid,

si se entreabren las flores…

y allí te daré mis amores.

Ya dan su aroma las mandrágoras

y abunda en nuestras huertas

toda clase de frutos exquisitos:

los nuevos, los añejos,

que guardo, amado mío, para ti.