| La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (V) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Jueves, 27 de Mayo de 2010 03:47 |
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El problema de la Alegría es posible que no tenga para algunos otro significado que el de una mera cuestión especulativa: teológica, filosófica, o quizá meramente literaria. Una suposición enteramente ajena a la realidad. Pues la Alegría no es un mero concepto importante en el entramado neotestamentario, sino uno de sus elementos fundamentales. La Buena Nueva del Evangelio comienza con la proclamación de la Alegría: Os anuncio una gran alegría, que es para todo el pueblo: os ha nacido un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David (Lc 2:11). Y por lo que hace a Jesucristo mismo, es Él quien, por su parte, advierte a los discípulos que todo cuanto les ha dicho y enseñado no tiene más que un objeto: Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y para que vuestra alegría sea completa (Jn 15:11; cf 17:13; 1 Jn 1:4). Por eso se ha escrito, con toda verdad, que nada tendría ya que decir a los hombres la Iglesia que hubiera olvidado la proclamación de la Alegría. Y de ahí también el carácter de profético que ahora se le reconoce a un famoso texto de Bernanos: “Lo contrario de un pueblo cristiano es un pueblo triste, un pueblo de viejos. Acaso me objete usted que la definición tiene muy poco de teológica. De acuerdo; pero basta para hacer reflexionar a los caballeros que bostezan en Misa los domingos. ¡Por supuesto que bostezan! No pretenderá usted que, en una mísera media hora semanal, la Iglesia pueda enseñarles la alegría… E incluso aunque se supieran de memoria el catecismo del Concilio de Trento, no estarían probablemente más alegres” (Bernanos, Diario de un cura rural).
Muchos años han pasado desde que Bernanos escribió estas palabras, y muchas las cosas que han sucedido desde entonces. Entre las que se cuenta el hecho importante de que la Iglesia, tal vez cansada y al parecer asustada del aburrimiento de sus hijos que ya había denunciado Bernanos (en realidad, también Nietzsche había aludido a la tristeza de los cristianos), decidió hacer ciertos retoques en sus programas de Pastoral. Lo cual se llevó a cabo considerando la urgente necesidad, tanto de enfatizar la importancia de ciertos temas como la de aportar otros hasta entonces no suficientemente atendidos. Y quizá todo habría ido bien, de no haber sido porque la Alegría no fue incluida en el paquete de temas importantes y prioritarios. Efectivamente, puesto que fue aproximadamente a partir del primer tercio del siglo XX, coincidiendo con la gran expansión del marxismo, cuando se produjo en la Iglesia un auge de ansiedad por lo social que determinó un cambio climático en sus preocupaciones pastorales. El fenómeno fue de tal importancia para la Iglesia, con tanta transcendencia en los hechos históricos que se produjeron en todo el mundo occidental, que bien puede ser considerado como una revolución ideológica. Parece probado que la efervescencia de las preocupaciones sociales comenzó ya antes de la muerte de Pío XII. Los curas obreros y la famosa misión de París pertenecen, en efecto, a esa época. Parece que el Papa, con la mejor de las intenciones imaginables, cedió a presiones ideológicas que ya habían alcanzado bastante relieve por aquel entonces; si bien luego decidió dar marcha atrás, pasado no mucho tiempo, a la vista de los acontecimientos. A modo de paréntesis: Por lo que hace a la misión de París (hoy completamente olvidada) quizá sea oportuno en este lugar un simple comentario. Por un lado, no parece sino que, o bien que los problemas actuales de evangelización en la capital de Francia ya no son tan graves; o bien que ya no preocupan tanto. Por otra parte, alguien podría sentirse inclinado a pensar que, si todo iba a cambiar cuando los curas dieran testimonio como obreros, y dado que no resultó así de ningún modo, ¿no hubiera sido mejor que hubieran aportado tal testimonio simplemente como buenos sacerdotes? El fenómeno de los sacerdotes obreros y sus afines, que tan gran influencia ejerció en su momento entre el clero católico, desapareció prácticamente hacia el final de la década de los ochenta del siglo pasado. Conocido ya en los tiempos de Pío XII, vino a ser el resultado de un trasfondo de ideas marxistas que habrían de alcanzar su plena madurez después del Concilio Vaticano II. Posteriormente, la Caída del Muro de Berlín contribuyó no poco a la desaparición de la fiebre de lo social en la Iglesia. Aunque desgraciadamente no para mejorar. Al contrario, porque fue entonces cuando llegó algo mucho peor: la invasión y propagación, en el seno de la misma Iglesia, de la herejía Modernista. Los vientos del Concilio Vaticano II fueron aprovechados por algunos para difundir en el mundo católico un nuevo engaño: el de la Nueva Edad y el Nuevo Pentecostés; los cuales darían lugar a la Nueva Iglesia, que aparecería pujante con el comienzo del tercer milenio. Pero la ola —un verdadero maremoto— de gran optimismo y de Renovación que inundó la Iglesia, no estaba fundamentada, por desgracia, ni en las verdades fundamentales del Evangelio, ni en la idea de la necesidad de una auténtica Reforma en el Organismo Eclesial —in Capite et in Membris—. Reforma que, a su vez, habría de ser determinada por los valores imperecederos enseñados desde siempre por la Iglesia…, y por el deseo de la verdadera santidad, como única cosa que conduce al auténtico amor a Jesucristo. En vez de eso, la Alegría (que nunca había entrado a formar parte del paquete del Modernismo) quedaba ahora, más aún que olvidada, enterrada definitivamente, al parecer, por obra de la nueva Religión; la que preconizaba, por encima de todo, los valores del hombre como tal hombre, sin más transcendencia que la de sí mismo. Se cometió un grave y mortal error: en vez de conformar la Iglesia a los valores eternos del Evangelio, se creyó más importante adaptarla a los valores del Mundo; pensando, con la mayor de las ingenuidades, que el intento produciría abundantes frutos. Y ciertamente los produjo; aunque venenosos. Pues, tal como está bien comprobado a través de toda la Historia de la Humanidad, nada ni nadie que haya renunciado a los propios valores, cuando de por sí son irrenunciables, ha podido cosechar otra cosa que el fracaso. |



