La Alegría Cristiana o la Perfecta Alegría (II) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Lunes, 17 de Mayo de 2010 04:45

Así como quien no ama no puede conocer en modo alguno lo que es el amor (1 Jn 4:8), así ocurre también con la alegría cristiana. Es prácticamente imposible explicar en qué consiste a los que no la han experimentado nunca; quienes además, y para complicar más las cosas, ni siquiera suelen admitir su existencia: El hombre animal no alcanza las cosas del Espíritu de Dios. Son para él necedad. Y no las puede entender porque sólo pueden ser juzgadas espiritualmente (1 Cor 2:14).

Lo cual no es todo, ni mucho menos, pues los problemas no han hecho sino empezar. La alegría cristiana, bien que se considere como realidad en sí misma o bien en su concepto, no es una cosa fácilmente accesible a los fieles de Jesucristo.

Ante todo está el hecho de que la Perfecta Alegría acompaña siempre —como primer efecto a su causa— al verdadero amor. Pero los verdaderos amadores son únicamente aquellos cristianos que, además de creer firmemente en el Evangelio, tratan de llevarlo a la práctica con seriedad. Y puesto que su número no parece ser demasiado abundante, cabe pensar que la Alegría Perfecta, por lo que respecta a la etapa de permanencia del cristiano en la Tierra, no es algo fácil de alcanzar por la inmensa mayoría. De donde se deduce, a su vez, la conclusión de que tampoco serán muy numerosos los que lleguen a conocerla.  

Es evidente que algunas geniales intuiciones, surgidas aquí y allá, han conseguido esclarecer la naturaleza de ciertas cosas difíciles de asimilar por el entendimiento humano. Como ha ocurrido con el famoso episodio que se cuenta de San Francisco de Asís acerca del problema de la Perfecta Alegría.

Según cuenta el libro de Las Florecillas, la Perfecta Alegría no podía consistir para San Francisco, ni en el hecho de que los Frailes Menores llegaran a alcanzar una gran santidad, ni en que consiguieran hacer milagros o conocer todos los secretos de las cosas presentes o futuras; como tampoco consistiría, por la misma razón, en que les fuera dado hablar lenguas de ángeles o convertir a todos los infieles. De ahí su angelical discurso a su compañero de viaje Fray León en una encantadora narración que, tal como la cuentan las Florecillas, discurre de este modo:

—Imagínate —decía el Santo— que al llegar ahora nosotros a Santa María de los Ángeles, empapados por la lluvia, helados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del convento y viene el portero incomodado y pregunta: “¿Quiénes sois vosotros? ” Y diciendo nosotros: “Somos dos hermanos vuestros”, responde él: “No decís la verdad; porque sois dos bribones que andáis engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres: marchaos de aquí”, y no nos abre, y nos hace estar fuera en la nieve, expuestos a la lluvia, sufriendo el frío y el hambre toda la noche. Si toda esta crueldad, injurias y repulsas las sufrimos nosotros pacientemente, sin alterarnos ni murmurar, pensando humilde y caritativamente que aquel portero conoce realmente nuestra indignidad, y que Dios le hace hablar así contra nosotros; escribe, oh hermano León, que en esto está la perfecta alegría. Y si perseverando nosotros en llamar, sale él afuera airado y nos echa de allí con villanías y a bofetadas, como a unos bribones inoportunos, diciendo: “Fuera de aquí, ladronzuelos vilísimos; id al hospital, que aquí no se os dará ni comida ni albergue”. Si nosotros sufrimos esto pacientemente, con alegría y amor, escribe, oh fray León, que en esto está la perfecta alegría. Y si nosotros, obligados por el hambre, el frío y la noche, volvemos a llamar y suplicamos, por amor de Dios y con grande llanto, que nos abran e introduzcan dentro; y él, más irritado, dice: “¡Cuidado que son inoportunos estos bribones!  Yo los trataré como merecen”; y sale afuera con un palo nudoso, y asiéndonos por la capucha, nos echa por tierra, nos revuelca entre la nieve y nos golpea con el palo; si nosotros llevamos todas estas cosas con paciencia y alegría, pensando en las penas de Cristo bendito, las cuales nosotros debemos sufrir por su amor; escribe, oh fray León, que en esto está la perfecta alegría.

Hasta aquí el Santo. Ante lo que es obligado reconocer que se trata de algo genial y maravilloso, de acuerdo además —al menos al parecer— con lo que se dice en el Libro de los Hechos: Salieron [los Apóstoles] gozosos de la presencia del Sanedrín; pues habían sido hallados dignos de sufrir ultrajes a causa del nombre de Jesús (Hech 5:41). 

La Perfecta Alegría consiste, pues, para San Francisco, en la paciencia cristiana que es capaz de compartir por puro amor los sufrimientos de la Pasión de Cristo. Certeras y oportunas palabras que demuestran que el Santo había penetrado bien en el auténtico sentido del Evangelio.