| El Diablo reza Maitines (IV) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Viernes, 05 de Febrero de 2010 05:12 |
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El Hermano Pedro comenzó a mirar al Diablo con desconfianza hasta que se dio cuenta de que, en definitiva, era ésa la única forma de mirar a tal personaje. Sin duda que en este momento el Mentiroso estaba urdiendo alguna de las suyas. Carraspeó y comenzó a hablar tímidamente: —¿Y dices que eso de la saturación del mercado es una ley económica? ¿Y qué tiene que ver la economía con los santos? —Mucho, imbécil, mucho. Ignoras que lo esencial del marxismo está edificado sobre el cimiento de la Economía. Francamente, no sé que hubiera hecho mi amigo Marx sin ella. Yo mismo no sabría como agradecerle la cantidad de gente que ha llevado a mi Mansión. Sí, sí, a esa misma que dicen los expertos que está vacía; ¿serán burros…? A veces pienso que confunden mi Morada con sus cabezas. Pero es que además están las Altas Finanzas, los grandes Bancos…, ¡pero cómo me regocijaría, si pudiera, cuando pienso en esto…! Con tales instrumentos, y con el enorme potencial de manejo que proporcionan, me he introducido incluso en el [censurado]. ¡Huy, chico, pero es que el sucedáneo de alegría que me permiten, a pesar de todo, me distrae…! Pero, bueno, volvamos a tus santos. –
El Hermano Pedro no hubiera salido de su asombro si el hecho mismo de estar hablando con el Diablo no fuera ya asombroso. Le sobresaltó un nuevo respingo y un nuevo grito del Demonio dirigidos a él: —No pongas cara de bobo. No entiendo tu asombro por estar hablando conmigo. Si supieras la cantidad de gente que trata constantemente conmigo como si fuera la cosa más natural del mundo… Además, quédate tranquilo. Quizá te calme saber que los [censurado] de Arriba, que son quienes me han permitido hablar contigo, me han impuesto la condición de que te diga en todo momento la verdad. ¡Imagina! ¿Podían haberme insultado más gravemente? —Pues verás —continuó Satanás—, la ley de la saturación del mercado es sencilla pero infalible. Y aplicada a los santos, sus resultados son espectaculares. ¿Borrar, de una vez por todas, la devoción de los bobos y simples hacia ellos…? Fácil. Te pondré un ejemplo para que tu cerebro de batracio lo entienda: Los diamantes son cosa rara, preciosa y muy escasa; y de ahí que sean valorados en tan alto precio. Pero imagina que, de pronto, inundamos el mercado con ellos y los hacemos tan numerosos y fáciles de adquirir como las patatas. ¿Entiendes lo que sucedería…? Automáticamente perderían su valor y la gente dejaría de apreciarlos y de buscarlos. —¿Me pillas, como decís ahora vosotros? —siguió el Demonio—. O como dicen los tontos que presumen de saber inglés: ¿Me copias…? Permite que te diga que los necios que se las dan de entendidos y progres serían capaces de ponerme en peligro de morirme de risa; aunque también es cierto que ninguno de ellos supera en ridículo a los intelectuales españoles autodenominados de la ceja, y más que nada a los del gremio de esa cosa que ellos llaman cine y cultura, que son los más proclives a matarme a carcajadas. Menos mal que no puedo reírme. – —Pero sigo, pues estoy empezando a preocuparme. Veo que utilizo más paréntesis que un periodista barato —nuevo carraspeo y otro salto— —Mírame y escucha, ¡insecto de cuarto trastero! Todo es cuestión de aumentar el número de santos indefinidamente y sin interrupción. Es genial. Hasta ahora vosotros, los simples, pensabais en los santos como seres extraordinarios: eran vuestros campeones de la fe, vuestros modelos a los que imitar, y los intercesores a los que acudir. Muy bien; pero eso era hasta los tiempos modernos. Ahora todo el mundo tiene un santo bien cercano: o bien un cuñado, o un primo lejano, o un vecino del piso de arriba. ¿Adivinas el resultado? Ya no parecen campeones de grandes hazañas ni raros por su escasez. En cuanto a lo de intercesores a los que acudir, la cosa se pone difícil, porque ¿quién no ha conocido a su vecino de arriba, o sabido de su primo lejano, y hasta a veces discutido con su cuñado…? Cosas todas imposibles de imaginar cuando las canonizaciones de los santos se hacían después de luengos años, e incluso hasta de varios siglos. —¿No te parece que exageras? —interrumpió el Hermano Pedro. Esta vez el Demonio no dio señales de hacerle mucho caso: —Bueno; pero la exageración no es mas que la verdad con acento. —Pero yo siento la impresión de que te agradan las canonizaciones de nuevos santos— insistió el Hermano Pedro. Ahora le llameaban más los ojos a Satanás. Y continuó: —Cuando son abundantes, sí. Incluso a veces yo mismo las promuevo, asómbrate. Hay ocasiones en que existen fuertes intereses en determinados Círculos que necesitan ensalzar a alguien en particular. Hay mucho en juego, ya sabes; aunque en ocasiones las cosas no resultan demasiado fáciles. —Por otra parte, debes comprender mis esfuerzos por la economía del mercado —continuó el Demonio después de una especie de respiro—. ¡He abaratado la santidad, Pedro! Reconoce conmigo que antes resultaba demasiado cara y difícil. Acciones heroicas, mortificaciones terribles, tomar el Amor a Dios y el Evangelio en serio… Sobre todo esto último, Pedro, es lo que yo no he podido soportar nunca: ¡Tomar el Evangelio en serio! ¡Qué disparate…! Pero, vamos a ver: ¿Para qué están entonces los Documentos de las Conferencias Episcopales, el numeroso y desconocido número de los referentes a la Doctrina Social, los melosos —creo que ahora decís light— Escritos cursis de algunas fundadoras y fundadores, los Discursos y Exhortaciones de muchos Obispos dotados de la facultad de no dar nunca en el clavo, los escritos y doctrinas de los teólogos de vanguardia, los emocionantes y punzantes artículos —me olvidaba del periodismo— de L´Observatore Romano…? ¿Acaso los cristianos no tendrían que estarme agradecidos desde el momento en que, gracias a mi campaña por el abaratamiento de la vida religiosa, cualquiera puede ser santo…? Piensa, Hermano Pedro, aunque no sea esa la función que los frailes acostumbráis a realizar: Bastaría, por ejemplo, escribir algún libro sobre, digamos por caso, La Democracia y el Auge de la Espiritualidad en el Siglo XX y ¡zas, ya está…! Pero en fin, no quiero asustarte. Dejemos por fin a los santos y sigamos hablando de la Economía. (Continuará) |



