| El Diablo reza Maitines (III) |
|
|
| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Miércoles, 03 de Febrero de 2010 04:46 |
|
El Hermano Pedro se sobresaltó al oír la blasfemia: —¡Por todos los santos, Satanás! ¡No digas disparates…! El Demonio sintió un repeluzno que, en situación normal, tendría que haber sido de gozo: —¿Los santos…? ¿Has dicho los santos, desgraciado…? ¡Pero si ésa ha sido una de mis mejores jugadas de los últimos tiempos…! ¡Cuánto siento no poder dar saltos de gozo! Sí, ya sé que puedo darlos, desde luego; pero no de gozo. Pues verás… Nueva, y esta vez nerviosa interrupción del Hermano Pedro. Al fin se decidió a hablar: —¡Bueno, bueno…! Pero es que estoy pensando que los frailes habrán terminado ya sus rezos. —Tranquilo, fraile infeliz… —continuó Satanás— Lo he previsto y he abierto un paréntesis en la estructura del tiempo para detenerlo. No los han terminado. En realidad tendría que decir que ni siquiera los han comenzado, pues rezan con una maravillosa rutina a la que ya están acostumbrados; y además apenas si creen en lo que dicen. Es otro de los grandes logros, conseguidos por mí y mis agentes, en los conventos y monasterios de la dulce era postconciliar. Y porque no quiero hablarte de los de monjas, mi cándido y despreciable fraile; ¡si te contara…! A propósito: ¿No has visto a tu Abad? Al principio me costó algún esfuerzo; pero al fin pude conseguir que aprendiera a mirar el mundo por un canuto. El Hermano Pedro abrió la boca con asombro, hasta que por último pudo continuar: —¿Por un canuto, dices…? —¡Claro, hombre…! Este sujeto, como cualquiera de vosotros los que os llamáis con el aborrecible nombre de cristianos, pero sobre todo como Abad, tendría que haber abierto su corazón a las cosas de lo Alto… ¿Cómo fue lo que dijo aquél maldito Saulo que al final se me escapó…? “Buscad las cosas de arriba,” o algo así, y basta pues siento asco al recordarlo. O aquel otro desgraciado Obispucho africano —¿se llamaba Agustín? — que también decidió traicionarme y cambiar de chaqueta (a veces pienso que, acerca de este punto, el clero en general os parecéis mucho a los políticos). ¿Qué era lo que decía…? ¡Ah, sí! Aquello de “Nos hiciste Señor para tí”, etc.
Aquí el Diablo lanzó un escupitajo que casi salpica al Hermano Pedro. —Pues verás —continuó Satanás—. En vez de eso, tu Abad se olvidó de su vocación y pensó que era mejor dedicarse a la política. ¡Olé los majos…! No puedes imaginarte la cantidad de curas y Obispos que he logrado encauzar por ese maravilloso camino. Algunos países, como España por ejemplo, están rebosantes de Abades políticos, Obispos políticos y curas políticos (Si quieres, en vez de políticos, puedes poner rojos, que para ellos es sinónimo y además se sentirán más complacidos; alguna compensación habré de darles). ¡Chico, aquello es un paraíso…! (Y ya se me escapó otra vez la maldita palabra) Pero, ¿te imaginas…? La religión convertida en política, y en política nacionalista e independentista además; que es lo mismo que decir política barata. ¡El Evangelio sustituido por el Manifiesto Comunista! ¿Quién da más? ¿Acaso no es eso mirar la religión y el mundo por un canuto? Aquí fue donde el Hermano Pedro comenzó a sentir un conato de disgusto. Venían a su mente algunas cosas del Abad que parecían encajar bien en lo dicho por el Diablo. Pero entonces, ¿será cierto que a veces Satanás dice la verdad…? —Bien, bien. Pero habías dicho no se qué cosa de los santos. El Demonio se sintió inmerso en un sentimiento que normalmente tendría que haber sido de halago; pero que filtrado a través de su naturaleza, no pasó de bufido; diabólico, pero bufido. ¡Ah los santos…! Chico, estoy más que convencido de que soy un Diablo guay. ¡Qué éxito, pero qué éxito…! Pues verás; no sé si te habrás dado cuenta de que esos tales llamados santos son gente bastante molesta; bueno, seguramente sí que lo habrás observado. También sabes que, a lo largo de los siglos, me han robado a mucha gente y la han apartado definitivamente de mi lado. Y como han sido demasiados los que me han arrebatado, tuve que llegar a la conclusión de que había que eliminarlos (a los santos, quiero decir); o al menos acabar con la devoción de la gente hacia ellos. Cosa que, después de veinte siglos jamás pude conseguir. Hasta ahora chico, gracias a la maravillosa etapa postconciliar. ¡Al fin…! ¡Pues claro, hombre! ¡La que llaman la época del nuevo Adviento y de la Primavera eclesial! En realidad yo la habría llamado época de bendición; pero odio esa palabra, y por eso dejo rebajada la cosa a tiempo de regocijo y de buena cosecha. Retahíla esta mía que además tiene la ventaja de significar algo específico. Porque, frailucho mío, en el mundo de los curas y de los frailes tenéis una asombrosa facilidad para hacer frases rimbombantes, de esas que nadie sabe lo que significan, que ya, ya… Primavera Eclesial…, La Iglesia del Nuevo Adviento… Me pregunto cómo lo lográis. Por mi parte, reconozco que, si bien soy capaz de fabricar andanadas de mentiras, me resulta en cambio imposible inventar tales colecciones de melindres. El Hermano Pedro, que había quedado intrigado con lo de los santos, comenzaba a desesperar de conocer el truco empleado por el Padre de las Mentiras. – —Pero, ¿qué hay del procedimiento ése que dices de los santos? Aquí un nuevo bufido, esta vez casi de asombro. —Pero, ¿es que no lo adivinas? Economía, muchacho, pura Economía. Para conseguir lo que se pretendía solamente hubo que aplicar la ley de saturación del mercado. Resultado infalible. Deberías saber que la Economía es una Ciencia importante, que debes estudiar. En realidad te bastaría con dos tardes, que así es como lo hacen mis colaboradores y tienen suficiente; o al menos eso dicen ellos. Pero deja que te explique la ley de la saturación del mercado. Te vas a asombrar del ingenio que contiene. (Continuará) |



