| De Gloria Olivae (V) (De la Gloria del Olivo) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Domingo, 25 de Julio de 2010 04:47 |
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Un estudio serio y en profundidad, referente a la intensidad y al hondo significado de los horrores padecidos por Jesucristo en la Noche del Huerto de los Olivos, es cosa que se echa en falta a lo largo de la Historia de la Espiritualidad Cristiana. Los antiguos Devocionarios, dedicados a la Pasión del Señor, solían comenzar sus consideraciones a partir del momento del Prendimiento y el comienzo de los interrogatorios. En la película La Pasión de Cristo (hoy olvidada y al parecer intencionadamente desaparecida), Mel Gibson pone en boca de la Virgen, que acompañada de las otras Santas Mujeres contemplaban cómo Jesucristo era conducido ante Caifás, las siguientes palabras: Ha comenzado, Señor. Que así sea… Pero la realidad, sin embargo, no fue exactamente así. Aunque es cierto que la Cristiandad se ha acostumbrado a ver los sucesos de la Noche del Huerto como un mero acontecimiento doloroso que marcaba el Prólogo a la Pasión del Señor. El hecho, no obstante, no tiene nada de extraño, si se tiene en cuenta que el ser humano es más proclive a considerar los sufrimientos del cuerpo como más patentes y tangibles (e incluso mayormente dolorosos) que los del alma. Pero la realidad, y más aún la de esta Historia, es muy diferente. La verdadera eclosión de la Pasión del Señor, el momento de las angustias de muerte, además de los sentimientos del supremo fracaso de su Misión, de la horrible vergüenza de sentirse cargado con los pecados y miserias de toda la Humanidad, mas la sensación de encontrarse sumido en la más espantosa de las soledades…, todos ellos sufridos por el Hombre Jesucristo, ya habían tenido lugar en el Huerto de los Olivos. Lo que vino a continuación no fue sino el desarrollo ostensible y físico de lo que, contenido en potencia primero y en espantosa intensidad, ya se había producido en acto. Las torturas físicas padecidas por Jesucristo en las horas que siguieron (flagelación, coronación de espinas, los mismos tormentos de la crucifixión…), si bien se considera, no difieren en nada de los mismos padecimientos que después habrían de sufrir infinidad de mártires que dieron su vida por la Fe. Luego hemos de considerar que no se encontraba ahí el núcleo principal del Misterio del Sufrimiento agónico hasta la muerte padecido por el Señor.
Tal Agonía de Muerte, con la consiguiente sensación de Derrota y Fracaso, junto al sentimiento de culpabilidad ante su Padre, fueron soportados a su vez ante la misma faz de Satanás. El mismo que, con su horrible mueca de Victoria y satisfacción, miraba convencido de la realidad de su Triunfo (era el momento de su Gloria, de la que fueron testigos, en la oscuridad y el silencio de aquella espantosa Noche, los Olivos del Huerto). Todo lo cual hubo de suponer para Jesucristo una Afrenta de intensidad y dolor verdaderamente letales, imposibles de ser imaginados por ser humano alguno. Su soledad fue total, a pesar de que había buscado inútilmente consuelo. Sus más íntimos le habían abandonado para entregarse al sueño (Ni siquiera habéis podido velar una hora conmigo…). Si admitimos la hipótesis con la que estamos trabajando —la Gloria del Olivo, aplicado como lema al Pontificado actual—, tal cosa nos autorizaría a trasponer aquella situación a los momentos actuales de la Iglesia (la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Él su Cabeza). Con lo cual nos encontramos con una horrible e inquietante realidad: Jamás la Iglesia se ha encontrado más desprestigiada ante el Mundo, menos considerada y en mayor soledad que en los momentos actuales. La influencia que durante tantos siglos tuvo ante el Mundo ha desaparecido casi por completo. Y no solamente eso. Sino que su desprestigio ha alcanzado cotas que hasta hace cincuenta años nadie hubiera podido imaginar. Por supuesto que estas afirmaciones provocarán el escándalo de muchos y el desmentido de no pocos; lo que no es suficiente, por sí solo, para demostrar que no están fundadas en la realidad. La Palabra del Papa ya no significa nada (aunque, según algunos, también es digno de tener en cuenta que, de forma casi continuada, todo parece indicar que el mismo Pontífice evita afrontar los verdaderos problemas). Nunca su Persona había sido acusada, calumniada, despreciada y perseguida, del modo y manera como está ocurriendo en los momentos actuales. Hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos se atreve a acusar y condenar al Vaticano (un Estado independiente regido por un Pontífice religioso que es también Soberano en lo civil). Los teólogos más encumbrados, y hasta Arzobispos de prestigio y Cardenales, no encuentran inconveniente en enfrentarse al Papa y en criticarlo abiertamente, además de oponerse a sus decisiones (la Iglesia austriaca, por ejemplo, ha rechazado nombramientos episcopales emanados del Santo Padre, sin que nadie haya puesto objeción alguna a tal forma de conducta). La Iglesia Católica, otrora Maestra definidora del comportamiento y de las relaciones humanas en todo el Mundo, ha quedado reducida hoy prácticamente a la condición de otra ONG más. En la Noche del Huerto, Jesucristo se sintió ante su Padre como enteramente fracasado. Y lo mismo ante la faz de Satanás, por completo convencido de su Victoria definitiva. La derrota del Hijo del Hombre era también, desde aquel momento, la derrota de su Iglesia que algún día habría de tener lugar. Según la profecía de San Malaquías, en nuestro tiempo precisamente. Es de notar, sin embargo, un punto importante que marca una decisiva diferencia. Jesucristo, a través de su Humanidad, juntamente con su Divinidad y formando ambas un todo (aunque sin mezclarse) en su única Persona Divina, mediante el Misterio de la Unión Hipostática, fue en todo momento, y pese a todo, el Inocentísimo entre los Inocentes. Los pecados y delitos con los que quiso cargar y hacerlos suyos, nunca fueron, en realidad, cometidos por Él. Lo cual no obsta para que su Fracaso fuera enteramente real, puesto que, de otro modo, su absoluta Victoria y definitivo Triunfo tampoco hubieran sido reales. La Iglesia, sin embargo, que es su Cuerpo Místico (Él es la Cabeza), está formada por hombres que son realmente pecadores y absolutamente culpables. No han cargado con delitos ajenos, sino que son ellos mismos quienes los han cometido. Por eso se dice con razón que la Iglesia es Santa y Pecadora a la vez. Ya desde bien antiguo, en una expresión que los Padres hicieron suya, fue conocida como la Casta Meretrix. De ahí que pueda decirse, con toda verdad, que la crisis actual es enteramente imputable a los hombres que la forman. Ahora ya no se trata de un Fracaso Asumido, sino de un Fracaso Personal y Culpable. La Deserción (también podría hablarse de Apostasía) del Mundo Católico ha alcanzado un punto de tal profundidad y gravedad, como para ser capaz de producir escalofríos el solo hecho de aludir a él. De hecho, hemos venido delineando la profundidad de la crisis, al menos en sus aspectos más visibles y asequibles a los fieles de a pie. Aunque existen, sin embargo, en ella dos puntos de extrema gravedad y de honda iniquidad en la que ha incidido el Catolicismo de hoy. Ambos suponen el punto más elevado, grave y detonante de la crisis actual. Tanto así como para dar lugar a pensar que es imposible que Dios deje de intervenir con la fuerza de su Justicia. Son los que vamos a tratar de explicar a continuación. |
| Última actualización el Domingo, 25 de Julio de 2010 04:50 |



