Caminando hacia la Montaña Patria (y IV) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Viernes, 20 de Enero de 2012 04:41

... en acabando juntos el camino. 

 

Transcurrido el curso de una vida humana, de duración por completo indeterminada y cuyo final es siempre imprevisible, llegado es el momento de gozar del descanso y la felicidad del Hogar. Por más que el deseo de vivir es una tendencia innata de la naturaleza humana, así como de todo ser viviente, bien fácil de comprender. Pese a lo cual, la alegría de haber consumado el Camino y alcanzado la Meta es en sobremanera reconfortante. De ahí que algunos hablaran con razón de la hermosura de la Muerte Cristiana, un bello sentimiento enteramente compartido por los Salmos: Es preciosa ante los ojos del Señor la muerte de sus santos (Sal 116:15).

 Claro que aquí hablamos de la muerte cristiana. Porque en lo que se refiere a la de los paganos, ya podrían desear los tales que su muerte fuera efectivamente el acabamiento en la nada que ellos preconizan. Pues es la verdad que, llegado ese instante, se van a encontrar con la espeluznante sorpresa, sin posible vuelta atrás, de la condenación eterna: El que no crea se condenará (Mc 16:16).

 Pero si la circunstancia de la llegada a Casa y la acogida en el propio Hogar, por tanto tiempo ansiado, fue siempre un sentimiento de gloria para los cristianos, con mayor razón en estos tiempos de tremendas convulsiones en los que transcurre su existencia. Pues si en cualquier momento fue agradable dejar atrás, por fin, las peripecias de una vida en la que abundaron más las penalidades que las alegrías, el gozo de la arribada al Hogar se encuentra, hoy por hoy, más que sobrado de razones para ser percibido con mucha más intensidad. El Mundo actual se ha convertido en la parte más intransitable y difícil del Camino para cualquier persona de buena voluntad que lo recorra. Y el discípulo de Jesucristo no puede menos que sentirse extraño y forastero, viviendo en un Mundo al que no puede entender y del que, además, se sabe despreciado. Por eso decía la Carta a los Hebreos, refiriéndose a los Padres: En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido las promesas, sino viéndolas y saludándolas desde lejos, y reconociendo que eran peregrinos y forasteros en la tierra...Pero aspiraban a una patria mejor, es decir, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado Dios suyo, porque les ha preparado una ciudad (Heb 11: 13.16).

 De ahí la hermosa despedida de su existencia terrena tal como la escribió, hablando de sí mismo con su inefable poesía, San Juan de la Cruz:

 

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado. 

 

Difícil expresar de una manera mejor el momento dichoso de la unión con el Amado, que es su Dios, dejando atrás la multitud de cuidados que por tanto tiempo afectaron a su vida. No se arrepiente de ellos sino que los ama, puesto que una vez fueron las perlas que hoy forman y adornan su corona, e hicieron en su momento de medios necesarios para participar en la existencia de Jesucristo: en su vida y, sobre todo, en su muerte. Por eso dice que los deja sencillamente olvidados entre las azucenas. Fueron peldaños para subir que ahora han dejado de ser necesarios, puesto que ya se ha llegado a la cima.

 Y es lo cierto que la vida del aquél que ama a Jesucristo es un combate de amor (Ca 2:4); por lo que, sabiendo que hace su itinerario de la mano del Esposo, incluso se siente impulsado a correr más aprisa y adelantarse a Él:

 

Si pues seguimos juntos el sendero,
deja que me adelante, yo el primero,
allí donde se acaba la vereda
y el duro trajinar atrás se queda. 

 

Son las circunstancias del Amor, cuya virtud es la de hacer que la lógica y la normalidad cambien el sentido, y hasta la sustancia, de aquellas cosas que, de otro modo, serían tachadas por los hombres como disparatadas y absurdas. Conviene recordar que, en todo caso, el Maestro no sintió extrañeza ante la petición del Apóstol Pedro de ir a su encuentro, aunque caminando por encima de las aguas.

 Es verdad que el Camino que, al cabo, contempla su final para el cristiano, fue un deambular fatigoso y a menudo doloroso, incluyendo momentos de oscuridad en los que parecía que el bien Amado Jesucristo había desaparecido y era imposible hallarlo:

 

Subí hasta las estrellas
pensando que en alguna
iba a encontrar vestigios de tus huellas;
mas yo no hallé ninguna
caminando hacia el Sol, desde la Luna. 

 

Pero ahora, por fin, dejando atrás el Camino andado, y habiendo consumado la tarea encomendada, llegado es el momento de la feliz y definitiva unión con el Amado. El tiempo de hacer realidad el instante, tan ansiado y tan profundamente esperado, de arribar a las orillas del inmenso Mar del Amor divino:

 

Y allí fueron mis penas fenecidas
junto al mar do se unieron nuestras vidas,
mecido en suaves ondas, producidas
por las azules aguas removidas.