Caminando hacia la Montaña Patria (III) Imprimir E-mail
Escrito por Padre Alfonso Gálvez   
Jueves, 12 de Enero de 2012 04:51

 

a ver si el que yo quiero
nos da a beber su vino...
 

Llegado el momento de la institución de la Eucaristía, en la noche de la Última Cena, Jesús había dicho a sus discípulos: Os aseguro que desde ahora ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo con vosotros en el Reino de mi Padre (Mt 26:29). La hora de beber del fruto de la vid junto con el Maestro, una vez ya en la Casa del Padre, será el instante señalado como el Final de un Camino que ya se había convertido en un largo y penoso itinerario: He peleado un buen combate, he alcanzado la meta, decía el Apóstol (2 Tim 4:7). Será llegado el momento en el que un ansia incontenible de Amor se verá por fin colmada, una vez que la mutua posesión de los que se aman se haya hecho realidad en Totalidad y en Perennidad:

 

Amado, subiremos
al monte de la ruda y del comino,
y cuando al fin lleguemos,
andado ya el camino,
dichosos beberemos de tu vino.

 

Lo admita o no, el ansia de Felicidad que atormenta el corazón de todo hombre que viene a este mundo responde en realidad a un deseo insaciable de Amor Total. De ahí que todos los sentimientos que a lo largo de su vida afectan al ser humano ---alegrías y sufrimientos--- conviven a su vez con otro más, que siempre está presente: la inquietud que nace de la posibilidad de que tal Amor se pueda perder. Por más que quienes han hecho su opción contra Dios, o bien han decidido prescindir de Él, no quieran reconocerlo, en realidad es ése y no otro el verdadero temor que nubla su existencia. Aquellos que piensan que no existe nada más allá de la muerte, o los que dicen que ya no esperan sino sumergirse en la nada, violentan cruelmente su corazón para obligarlo a creer que no existen ni la Alegría Perfecta ni la Felicidad Total. Y sin embargo, en los momentos de soledad, los mismos que dan paso a los instantes de sinceridad que alguna vez asaltan a todo ser humano ---sin que exista posibilidad alguna de evadirse de ellos---, cualesquiera de los que participan de esas actitudes saben que viven abocados a la desesperación. El estoico, lo mismo que el agnóstico, el escéptico o el ateo, no pueden engañar a nadie aparte de a sí mismos.

 Ahora bien, cualquiera que sea la opción que se haya elegido, la posibilidad de perder el Amor Total ---y, por lo tanto, el sentido de la propia existencia--- es algo que, al mismo tiempo que se anda el camino, origina la suficiente inseguridad como para inquietar a todo ser humano. El cual vive siempre en la incertidumbre que proporciona el saber que, puesto que todavía no ha llegado a la Meta, cualquier eventualidad puede suceder. Y de ahí procede el tono de cierta expectación y ansiedad manifestado por el verso:

 

a ver si el que yo quiero... 

 

Claro está que a tal inseguridad ---de nuevo la paradoja--- se sobrepone en el cristiano la Esperanza. Cuya fuerza, a su vez, se alimenta de la confianza que proporciona el amor a la Persona amada, que en este caso es Dios en Jesucristo: Una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones... (Ro 5:5). La cual, sin embargo, no priva al discípulo de Jesucristo de su condición de itinerante o de militante ---todavía no ha llegado a la Patria---, con la consiguiente convicción de que la lucha aún no ha terminado para él y de que sigue, por lo tanto, a pie de combate. ¿Y cómo iba a gozar, si no fuera así, de la capacidad de acumular méritos propios, otorgada por la gracia pero que los modernistas de hoy (siguiendo una vez más los dictados del Protestantismo) se empeñan en negar...? Si ya los hombres están todos salvados desde su principio, ¿dónde queda la emoción de la lucha por ganar el combate del amor, única cosa que da luz y sentido a la existencia cristiana y aun a la de todo hombre? El hecho de que, como dice el Libro de Job, la condición del hombre sobre la tierra sea ahora la de militancia, ¿es acaso un castigo por el pecado o la entrañable ocasión, tal vez, proporcionada por un amor divino, de demostrar de nuevo una fidelidad a la que el hombre nunca hubiera querido traicionar? Y de ahí la alegría de la lucha de quien combate con el sentimiento firme de su amor a Jesucristo, que es por lo que decía el Apóstol: Yo corro no como a la ventura, ni lucho como quien golpea al aire (1 Cor 9:26).

 Pero toda la fuerza del verso recae aquí en la expresión que habla de el que yo quiero. Que no es otro que el Esposo de El Cantar de los Cantares o el Amado de los poetas místicos: en definitiva es el mismo Jesucristo el cual me amó y se entregó por mí (Ga 2:20). Pues ciertamente los cristianos viven ahora tiempos de angustia y de confusión; de sufrimientos, engaños y apostasías; de falsos pastores y de lobos que devoran impunemente el rebaño; de abandono y de persecuciones. Y todo ello por parte de un Mundo que se burla de ellos y los desprecia..., a lo que hay que añadir todavía el hecho de que incluso Dios parece haberse ocultado de ellos.

 Y sin embargo, nada de eso importa ante la Alegría que proporciona el amor a Jesucristo y el gozo de saberse amado por Él. Y si cabe, aún más que por todo eso, por lo que supone el hecho de compartir su vida, su existencia, su destino y su Muerte. ¿Acaso tal cosa no sería ya más que suficiente para poseer la Alegría Perfecta? ¿Aun sin esperar a recompensa alguna que no sea la que proporciona el Amor mismo...? Por lo demás, terrible es la lucha que el Enemigo de Dios y del hombre, como si fuera un ataque final a la desesperada, tiene hoy emprendida para borrar del mundo todo vestigio de un Amor al cual, sin embargo, las aguas copiosas no podrán extinguirlo ni arrastrarlo los ríos (Ca 8:7).

Última actualización el Jueves, 12 de Enero de 2012 04:53