| Caminando hacia la Montaña Patria (I) |
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| Escrito por Padre Alfonso Gálvez |
| Jueves, 29 de Diciembre de 2011 18:17 |
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Si vas hacia el otero,
deja que te acompañe, peregrino,
a ver si el que yo quiero
nos da a beber su vino
en acabando juntos el camino.
Puesto que el cristiano se encuentra como arrojado en tierra extraña, su vida es un incesante caminar hacia su propia Patria: No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la futura (Heb 13:14). Así fue como los grandes maestros de la espiritualidad cristiana entendieron el devenir de la existencia del discípulo de Jesucristo: la Subida al Monte Carmelo, de San Juan de la Cruz, el Itinerario del alma hacia Dios, de San Buenaventura, o el fatigoso caminar a través de las diversas Moradas hasta llegar hasta lo más recóndito del Castillo Interior, de Santa Teresa. Incluso Jesucristo describió tal periplo existencial como la travesía realizada por una senda difícil, estrecha y abrupta: ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7:14).
De manera que lo primero, o lo absolutamente primero, de lo cual debe ser consciente el cristiano, es el hecho de que su vida transcurre en tierra extraña y fuera de su Patria, hacia la cual precisamente se encamina. Un hecho que, ya de entrada, posee un doble significado: negativo el uno y positivo el otro.
Negativo ciertamente para quienes se empeñan en hacer de la tierra en la que habitan su Patria única y definitiva. Es la postura hoy más extendida y la que está en boga, incluso en la misma Iglesia dentro de los ambientes (bastante extendidos) de la teología progresista modernista, hasta el punto de que es compartida también por Jerarquías Eclesiásticas de alto rango. Su resultado ineludible es una decepción que pronto desemboca en un fracaso desgarrador, expresado a su vez en forma de una intensa amargura y de la más profunda desesperación que difícilmente tienen vuelta atrás.
Aunque existen otros, sin embargo, que parecen pensar que ni siquiera existe camino por el cual deambular. Como en los bellos versos de Antonio Machado:
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Si bien podemos dar por seguro que el poeta, mejor que pretender negar la condición itinerante de la vida cristiana o simplemente humana, y prescindiendo ahora de toda consideración transcendente, intentaba más bien subrayar la dificultad de un camino que cada ser humano, a su vez, debe ir construyendo para sí y que además se encuentra repleto de eventualidades.
El aspecto positivo, en cambio, es proporcionado por la conciencia de aquellos que saben que caminan por tierra desconocida e inhóspita, en la seguridad, surgida de la Esperanza y alentada por ella, de que les aguarda la Patria Hogar al cabo de una agreste singladura que, por su parte, ya contaba con un destino seguro. Es privativo de los discípulos de Jesucristo, los cuales saben bien, por boca del mismo Maestro, que existe tal camino y que, además, está bien trazado a mano firme: Adonde yo voy, ya sabéis el camino... Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14: 4.6).
Y efectivamente, pues la estrada de la existencia cristiana está colmada de dificultades y sinsabores (la senda estrecha y difícil). El discípulo de Jesucristo se ve forzado a vivir en la Noche Oscura del alma que causa en él la ausencia de su Señor, lleno de ansiedades y suspirando de esperanzas ante una ausencia que él nunca puede acabar de comprender:
De noche se marchó hacia la montaña,
de noche se alejó por el sendero,
de noche me dejó, por tierra extraña,
de noche me quedé sin compañero.
Sin embargo, goza de la conciencia clara de que camina hacia su Patria. O sea, que se encuentra subiendo hacia la cima del Monte Carmelo o hasta la cresta misma del otero. Lo cual es suficiente para llenar su corazón de una esperanza tan segura que, por eso mismo, jamás será confundida puesto que, como dice el Apóstol, la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada (Ro 5: 3--5). De esta forma, todos los sufrimientos y contratiempos que le va proporcionando la vida tienen para él sentido, apartándolo para siempre del abismo de la amargura y del pozo de la desesperación; a diferencia de los que viven sin Jesucristo, que es lo mismo que decir sin esperanza alguna y sin conocer siquiera el porqué de su existencia.
De alguna manera, caminar hacia el otero, o en dirección al Monte Carmelo, o tal vez hasta el Monte Sión, si bien es todavía una itinerancia, es en cierto modo también un estar ya en la Patria, poseída de momento siquiera en forma de arras o primicias: Vosotros os habéis acercado al Monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la asamblea gozosa y a la Iglesia de los primogénitos inscritos en los cielos (Heb 12: 22--23). Porque el cristiano no hace su camino en soledad ---deja que te acompañe, peregrino---, y de ahí que, sabedor que anda junto a su Maestro y en compañía con Él, tiene motivos suficientes para atravesar el Valle de Lágrimas al tiempo que le escucha y goza de su compañía, saboreando de antemano la Alegría Perfecta que algún día será para él Realidad Completa: El amigo del Esposo, el que está presente y le oye, se alegra grandemente al oír la voz del Esposo. Por eso mi alegría es completa (Jn 3:29). |
| Última actualización el Jueves, 29 de Diciembre de 2011 18:28 |



