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La Mística y la Poesía (VI)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El susurro en la Poesía mística

 

El susurro es una forma particular del diálogo cuyo uso en la Poesía mística parece muy apropiado al tema del amor. Los buenos diccionarios suelen definir el vocablo castellano como bisbisear, mistar, murmurar, musitar, decir al oído, rutar, suspirar, decir en voz baja, etc.[1]

El diálogo amoroso divino–humano, en la medida en que es capaz de comunicación a otros, y teniendo en cuenta lo poco que puede conocerse de él por el testimonio de los mismos místicos, utiliza a menudo el recurso del susurro.

Es lógico pensar que en los grados más elevados de la oración contemplativa, en los que la relación amorosa divino–humana alcanza sus momentos más íntimos, todo transcurrirá en un clima de soledad y de silencio alejado de contactos extraños. La misma definición del susurro da una idea acerca de su importancia práctica en la relación amorosa, y más aún cuando se trata de la relación divino—humana.

Es éste un lugar de la vida mística al que cualquiera cuyo conocimiento se limite a los testimonios recibidos se asomará con temor y temblor. La consideración acerca del susurro como forma de expresarse el amor le causará asombro y admiración, e incluso cierta añoranza de lo que podía haber sido el verdadero amor en su propia vida pero que nunca llegó a serlo.

Quien alcance este punto de ruta, sin haberse dejado corromper por la iniquidad y el espíritu de la mentira, comprenderá la diferencia que existe entre la verdadera Vida y lo que los hombres consideran tal pero que en realidad no lo es, sino en todo caso el camino que conduce a la Muerte y a la Perdición.

Cabe imaginar el tremendo asombro que producirá descubrir lo que podía haber sido la Perfecta Alegría —aquella de la que San Francisco hablaba a su discípulo Fray León— frente a las estulticias y vaciedades que forman el entramado de la vida ordinaria. Las mismas trivialidades, cuando no maldades, que han dado lugar a una vida vacía cuyo lógico final es la desesperación. Será entonces el momento de descubrir, cuando quizá ya sea demasiado tarde, que ha transcurrido la propia existencia sin haberla vivido y sin haber conocido la verdadera vida:

 
En lágrimas bañado
llora mi corazón, de amor herido,
en penas angustiado
del tiempo que se ha ido
y por no haber amado se ha perdido. 

 

Es propio del susurro que el sonido de la voz se pierda hasta convertirse en algo casi inaudible. Lo cual alcanza su máxima prestancia en el susurro amoroso, en el que lo alado y etéreo de la voz se convierten en expresión y vehículo del suave misterio del amor:

 

 
Los mares sosegados
en ondas azuladas y serenas,
los ecos apagados
de cantos de sirenas
y un susurro de amor que se oye apenas. 

 

El Cantar de los Cantares no ofrece muestras directas claras del susurro en el lenguaje poético que tiene lugar entre el Esposo y la esposa. Sería difícil, por no decir imposible, transcribir lo que se han comunicado los dos que se aman, aparte de hacer notar que el hecho está ahí. Existen realidades que dan noticias de su existencia, pero nunca en lo que respecta a su contenido.

De todas formas el Libro habla de la dulzura y delicadeza que encuentra el Esposo en el lenguaje de la esposa, así como también del encanto y seducción que produce en la esposa la voz del Esposo.

Y una vez más la Poesía hace que las más bellas metáforas se sucedan unas a otras, en un esfuerzo por expresar lo inexpresable y por cantar a lo sublime. Siempre con el deseo de alcanzar las alturas inaccesibles de la belleza y de la bondad, hasta donde puede hacerlo al menos la pobreza del lenguaje humano:

 
Miel virgen destilan tus labios, esposa mía,
leche y miel bañan tu lengua,
y es el olor de tus vestidos
el perfume del incienso.[2]
 
Tu boca es vino generoso,
que se entra suavemente por mi paladar,
y suavemente se desliza entre labios y dientes.[3]

 

Pero la Naturaleza y la Literatura de fantasía ofrecen incontables ejemplos, reales o imaginarios, en los que el ensueño de la belleza se expresa mediante susurros. Como el suave murmullo de las ondas de un mar sosegado que se apaga cuando las olas al fin besan la playa, o los ecos apagados de lejanas canciones que la brisa que sopla del mar trae hasta nuestros oídos..., mientras en el ambiente se respira con encanto el susurro del amor, el cual parece escucharse y venir de todas partes cuando el silencio de la Naturaleza lo envuelve todo.

Sin embargo la voz del Amado puede ser tan dulce y sobrecargada de amor que puede herir de muerte el corazón de la esposa, incapaz de hacer suya tanta fuerza amorosa. La expresión más bella y sublime, compuesta solamente de dos palabras y entregada por Dios al hombre, es la de te amo. Por llegar a escucharla nadie podría pagar ningún dinero:

 
Si alguno ofreciera por el amor toda su hacienda
sería despreciado.[4]

 

La sobreabundancia del amor divino puede superar en mucho la capacidad receptiva de la criatura. No es extraño que en los estadios más subidos de la oración mística las palabras de amor divinas dirigidas al alma —al hombre individual— puedan lacerar el corazón por un ímpetu extremado de gozo, fruto a su vez del Espíritu Santo, hasta parecer próximo a causar la muerte:[5]

 
Si de nuevo me vieres
allá en el valle, donde canta el mirlo,
no digas que me quieres,
no muera yo al oírlo
si acaso tú volvieras a decirlo. 

 

El caso podría considerarse como normal en grados muy elevados de la vida y de la oración místicas, donde el amor no tiene limites y donde el fuego nunca dice ¡basta![6] El fenómeno místico conocido con el nombre de transverberación de Santa Teresa pertenece seguramente al género de los grados más avanzados de la vida mística, probablemente encuadrado dentro de esta misma línea.

Conviene advertir que el concepto de susurro, por lo que hace al conocimiento de su naturaleza, tiene más consistencia en la Literatura y en la Poesía místicas que en la vida mística propiamente dicha, dada la dificultad de conocerla desde fuera.

El susurro es uno de los más intrincados vericuetos que encuentran quienes recorren los desconocidos caminos del amor. Su presencia hace que alguien se sienta envuelto por la niebla del misterio y a presentir que ha alcanzado, e incluso traspasado, las lindes del Gozo y de la Alegría Perfecta. Y cubre el susurro con su magia lo mismo a quien lo pronuncia que a quien lo escucha.

El susurro amoroso posee características que son aplicables a todas las formas del amor. Pero en la oración contemplativa, y dentro de lo que es el diálogo entre Dios y el alma, el susurro posee una misteriosa y delicada peculiaridad. Es el susurro una comunicación amorosa en la que, si bien es verdad que se conjugan a la vez el sonido y el silencio, todo sucede de tal forma que el sonido trata de sobreponerse al silencio mientras que el silencio trata de ahogar el sonido. Tan increíble combinación de sonido y silencio no es sino otro sublime esfuerzo del corazón que ama —maravilloso, a la vez que imposible— por expresar de otra forma un amor que nunca se cansaría de cantar a la persona amada. Podemos comprobarlo en los sentimientos de lo inacabado y el deseo de oír más que deja en el alma, por ejemplo, el final de la Égloga Tercera de Garcilaso una vez que acaban de cantar a sus amadas Tirreno y Alcino:

 
Esto cantó Tirreno, y esto Alcino
le respondió; y habiendo ya acabado
el dulce son, siguieron su camino
con paso un poco más apresurado.
Siendo a las ninfas ya el rumor vecino,
juntas se arrojan por el agua a nado;
y de la blanca espuma que movieron,
las cristalinas ondas se cubrieron.[7] 

 

En la relación amorosa divino–humana, la voz de cada uno de los que se aman, Dios y el alma, seduce y encanta al otro. Lo hemos visto claramente confesado por ambos en El Cantar de los Cantares. Y de ahí adquiere impulso la Poesía mística para inspirarse en los cantos poéticos de alabanza, tanto a la voz del Esposo como a la de la esposa, expresadas aquí en forma de susurro. Así lo confiesa el Esposo con respecto a la voz de la esposa:

 
Es la voz de la amada
como un arrullo dulce de paloma,
como un alba rosada
que mil colores toma
cuando al cabo la aurora ya se asoma.  

 

El mismo poder de seducción ofrece a la esposa la voz que, en forma de susurro, le dirige el Esposo:

 
Es la voz del Esposo
como la huidiza estela de una nave,
como aire rumoroso,
como susurro suave,
como el vuelo nocturno de algún ave.

 

(Continuará)


[1] Diccionario de María Moliner.

[2] Ca 4:11. 

[3] Ca 7:10. 

[4] Ca 8:7. 

[5] Obsérvese el papel desempeñado por el que hemos llamado el duende de la poesía. El uso de consonantes alveolares (l,r, junto con las vocales i y la o), en la siguiente estrofa produce la extraña sensación de estar oyendo un repiqueteo campanillero. El duende de la poesía es la razón de su poder evocador.

[6] Pr 30:16.

[7] Garcilaso de la Vega, Égloga Tercera.