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La Mística y la Poesía (V)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El diálogo
en la Poesía mística
 

El diálogo como base de la relación amorosa divino–humana es un tema de estudio de importancia fundamental. Decir diálogo es decir comunicación, pues sin comunicación entre los que se aman no hay amor.

A su vez el diálogo tiene como medio de expresión el lenguaje. Que normalmente se alimenta de las palabras, pero también de los gestos, de los que la mirada es uno muy especial. Sucede a veces en el diálogo amoroso que una mirada posee mayor fuerza comunicativa que torrentes de palabras.

Las dificultades propias del lenguaje en este punto solamente aparecen cuando se trata del diálogo habido y su comunicación a terceros, pero no en la intimidad de los que se aman. Si el lenguaje amoroso no poseyera suficiente capacidad de expresión entre los enamorados, carecería de sentido.

Tanto la Mística como la Poesía no pueden proceder aquí sino por rodeos y aproximaciones. Las noticias habidas con respecto al diálogo se refieren a temas como el modo de llevarse a cabo en la relación amorosa divino–humana o sobre alguno de los efectos que produce. Y puesto que la fuente no puede ser otra que los datos aportados por los mismos místicos, con todas las limitaciones propias del caso de las que ya hemos hablado, la Literatura sobre el tema se limita a establecer hipótesis y especulaciones, cuya aproximación a la realidad es más cierta a medida que los datos son más generales y menos concretos. Las extensas y a veces voluminosas revelaciones recibidas en sus conversaciones con el Señor de las que hablan algunos místicos, que tan amplia difusión suelen alcanzar en el mundo de hoy, no merecen demasiado crédito o más bien ninguno.

 Después que la Humanidad se ha vuelto de espaldas a la verdad, la gente anda hambrienta de mentira, lo que no es sino un justo castigo de Dios a la perversidad humana. Algo así como si Dios dijera: no quieres tener nada que ver con el alimento de la verdad, pues toma taza y media del caldo de la mentira.[1] No es extraño que los profetas, las videntes, los detentadores de falsos carismas, las sectas que monopolizan al Espíritu Santo (Carismáticos, Neocatecumenales, etc.), hagan hoy su agosto en la Iglesia de la apostasía.

Pero volviendo al tema de la verdadera Mística, por lo que se refiere al problema del lenguaje íntimo en la relación de amor divino–humana, la Poesía adquiere ventaja, una vez más, sobre la simple prosa, aun teniendo en cuenta las limitaciones de ambas.

Lo cual se explica porque en el diálogo tiene lugar un desbordamiento del amor con todas sus derivaciones: la belleza, la serenidad silenciosa, el aura de la mirada amorosa, lo inexpresable en el lenguaje, el arte en sus múltiples formas y, en general, todo lo que resulta inefable para el simple entendimiento humano.

El Cantar de los Cantares hace alusión a las voces del Esposo y de la esposa en relación al diálogo amoroso emprendido entre ambos:

 

¡La voz de mi amado!
Vedle que llega, saltando por los montes,
triscando por los collados.[2]
 

La voz del Esposo siempre va acompañada por la belleza y el misterio de lo fascinosum: ¿De dónde viene? ¿Por qué extrañas sendas ha atravesado hasta llegar junto a la esposa? La belleza poética de las expresiones utilizadas por El Cantar suscitan el asombro de lo increíble y la extraña sensación de lo desconocido:

  

Saltando por los montes,
triscando por los collados.
 
 
Jesucristo ya había dicho que El Espíritu sopla donde quiere, y no sabes de dónde viene ni adónde va.

Y en efecto, saltando por los montes, triscando por los collados, sin saber de donde viene ni adonde va..., produciendo en la esposa un efecto de aturdimiento enervador de los sentidos, de embriaguez amorosa, de exaltación vital y, sobre todo, tan intensamente herida de gozo como próxima a sufrir muerte de amor.

Así es como lo viene a decir la Poesía mística común. El te amo, por ejemplo, del lenguaje amoroso humano —el dicho más maravilloso que Dios ha otorgado pronunciar al hombre— no puede tener el efecto mortal, de muerte amorosa, tal como lo posee el lenguaje divino:

  

Si de nuevo me vieres
allá en el valle, donde canta el mirlo,
no digas que me quieres,
no muera yo al oírlo
si acaso tú volvieras a decirlo.

 

Y como las reglas del amor contemplan siempre la reciprocidad, también el Esposo por su parte espera la voz de la esposa, y no otra:

 

A un dulce ruiseñor hube pedido
que el arte de sus trinos me dijera,
y el ave, en suave canto, ha respondido
que para hablar de amor mejor hiciera
si le canto al Amado a mi manera.

 

Y ahora es el Esposo quien comienza a dirigirse a la esposa: 

 

Levántate ya, amada mía,
hermosa mía, y ven:
Que ya se ha pasado el invierno
y han cesado las lluvias.
Ya han brotado en la tierra las flores,
ya es llegado el tiempo de la poda,
ya se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.[3]
 

Debido a que el diálogo amoroso divino–humano es un desbordamiento del amor hasta límites que superan las posibilidades humanas, va siempre acompañado de sentimientos y fenómenos que surgen de los misteriosos abismos del amor y que superan los límites de cualquier imaginación humana.

Así por ejemplo, vemos aquí la voz del Esposo suplicando a la esposa que le permita oír su voz. Y en efecto, porque algunas de las cualidades propias del amor, como la reciprocidad o el nivel de igualdad guardado en la relación de amor, alcanzan niveles que, como sucede en este caso, parecen desbordar el ámbito propio de la relación amorosa divino–humana: 

 

Dame a ver tu rostro
y dame a oír tu voz,
que tu voz es suave,
y es amable tu rostro.[4]

En la poesía sanjuanista no aparecen ejemplos de diálogo directo entre el Esposo y la esposa. Más corrientes son las alusiones al tema en la poesía mística común: 

 

Amado, yo quisiera
al aire del jardín gustar tu cena,
pues es la primavera
y el monte ya se llena
de romero, tomillo y hierbabuena.
 

Y continúa el diálogo haciendo alusión al perfume de las hierbas aromáticas en la soledad de los montes, o al agua clara de sus manantiales que se deslizan hacia abajo por las agrestes laderas formando riachuelos que se pierden por las llanuras:

 

Mi Amado, subiremos
al monte del tomillo y de la jara,
y luego beberemos
los dos, en la alfaguara,
el agua rumorosa, fresca y clara.

 

Y como siempre, responde el Esposo tomando la iniciativa:

 

Amada, yo he buscado
de mi huerto de azahares el sendero,
y luego, te he esperado
detrás del limonero
para poder besarte yo primero.

 

El diálogo amoroso se interrumpe a veces a costa del silencio de alguna de las partes. Cuando es el Esposo quien deja de hacer oír su voz, el alma queda sumida en profundo desconsuelo, pues escuchar su voz es requisito indispensable para poder seguirlo: Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.[5] Por eso, cuando pasado el terrible silencio de su ausencia el alma escucha su voz de nuevo, otra vez emprende enardecida el vuelo que la conduce hasta Él:

 

De tu vergel un ave
por tu ausencia cantaba en desconsuelo;
y oyó tu voz suave
y, alzándose del suelo,
a buscarte emprendió veloz su vuelo.

 

Durante los avatares de la vida mística y al recorrer los caminos más avanzados de la oración contemplativa, llega un momento en el que el alma ya no puede vivir sin escuchar la voz del Esposo. Ha probado la dulzura de sus palabras y ha experimentado el abismo de amor que encierran, de tal manera que ya no podría dejar de oírlas:

 

Son tus dichos de amores
como una tela de suaves hilos
en un lecho de flores.
Ven a mi lado y dilos
en mi jardín de rosas y de tilos.

 

Dentro del misterio de la intimidad del diálogo amoroso, tanto el Esposo como la esposa se esfuerzan por preparar el lugar donde encontrarse. Aunque el lugar es tan etéreo y vaporoso como misterioso y sutil es el diálogo. En la Poesía mística suele ser un sitio aislado, ordinariamente elevado y solitario, adaptado igualmente a las florestas de la llanura o a la salvaje vegetación de la montaña. Y orientado a las brisas del cierzo, a las del viento solano o al de la tramontana. La siguiente estrofa, construida con pétalos de flores y exhalando perfumes aromáticos, podría ser atribuida tanto al Esposo como a la esposa:

 

Vayamos a las faldas
del monte florecido de arrayanes,
y hagamos dos guirnaldas
con rosas de azafranes
y pétalos de azules tulipanes.

 

Y el diálogo continúa, haciéndose eco de los versos mágicos de El Cantar, ahora parafraseados por la Poesía mística común:

 

Vayamos a los prados,
y el suave atardecer esperaremos
y luego, de granados
el néctar beberemos
y el susurro del viento escucharemos.

 

Y continúa la esposa, extasiada por oír la voz del Esposo:

 

Acércate a mi lado
mientras el cierzo sopla en el ejido,
y deja ya el ganado,
y cuéntame al oído
si acaso por mi amor estás herido. 

 

Tengamos en cuenta que el diálogo como facultad de comunicación es una de los mayores dones que Dios ha otorgado al hombre, como hechura que es de Él a su imagen y semejanza. El diálogo en la criatura racional es un trasunto, o mejor aún, es un analogado de la Vida Trinitaria.

De donde se deduce que el diálogo es una realidad divina, Increada o dada en participación al hombre, que se confunde con el amor y sin la cual no hay amor.

Y de ahí se desprende también hasta qué punto el hombre ha profanado, tanto el concepto como la voz diálogo. El diálogo en la actual sociedad humana no es otra cosa que una palabra con la que se disfraza y se encubre un cúmulo de artimañas, trucos y mentiras a través de los cuales cada una de las partes que dialogan trata de obtener el mayor provecho posible para sí misma. Nadie va al diálogo con ánimo de decir la verdad ni de entregar nada de sí mismo. Lo que dicho de otra forma significa que el diálogo humano nada tiene que ver con el verdadero diálogo, además de ser enteramente opuesto al amor: una profanación, como hemos dicho arriba.

Pero en la relación amorosa meramente humana, una vez que el amor ha sido degradado a la condición de sexo, ha quedado destruida definitivamente toda posibilidad de diálogo. Pues no cabe el diálogo entre una persona y una simple cosa, que es la condición a la que queda reducida la otra persona, utilizada en el sexo simplemente como instrumento de placer para quien lo usa. Y hasta pasa inadvertido que la condición de persona, no solamente se pierde por quien es utilizado como mero instrumento, sino también por el que lo utiliza como herramienta para su placer.

Cuando tal degradación tiene lugar entre dos seres humanos ya no es posible hablar de relación amorosa, y ni siquiera de simple relación, para la cual es necesario el concurso al menos de dos personas racionales.

El alma (el hombre) ansía ardorosamente llegar, saltando cualquier obstáculo que se opusiera, hasta el lugar donde le espera Jesucristo. Quien también espera con ardor a su criatura e incluso con mayor ansiedad. Y concretamente para el hombre, hablar con su Señor y escuchar su voz es lo que da sentido a su vida y le otorga fuerzas para superar todos los obstáculos y todos los sufrimientos.

Por eso estará dispuesto a ir a donde sea y hasta donde sea con tal de estar a su lado y oír su voz:

 

A la rosada aurora
salí a buscar, con paso apresurado,
a Aquél que me enamora.
Y habiéndole encontrado en buena hora,
estar quise a su lado
hasta morir de amor junto al Amado.

 

Pues la Noche su manto ha abandonado
y al alba sigue la rosada aurora,
ansioso corro hasta el florido prado
en impaciente busca del Amado,
después de que sonó la dulce hora
pues ya el tiempo de amar nos ha llegado. 
 

 (Continuará)


[1] Puesto que no aceptaron el amor a la verdad para salvarse. Por eso Dios les envía un poder seductor, para que ellos crean en la mentira, de modo que sean condenados todos los que no creyeron en la verdad (2 Te 2: 10–12)

[2] Ca 2:8.

[3] Ca 2: 11–12. 

[4] Ca 2:14.

[5] Jn 10:27.